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Memoria de derribos
Vas a morir en Lugo
Este relato, que termina con la muerte violenta de un hombre, comienza también con las muertes de otros cuatro, sucedidas en la distancia del tiempo unas de las otras, pero todas en la misma familia.
Xan de Aldai, hombre serio, murió en la noche de San Froilán de 1913 herido por unos ladrones, cerca de la entrada toledanade la muralla, allí en Lugo. Era un hombre alto y rufo, fuerte, pero lo cogieron por la espalda entre dos, a las doce de la noche según se supo después, y se murió al golpearse la cabeza contra el suelo.
Un muerto era suficiente desgracia, pero dos ya hablaban de alguna maldición oculta: cuatro años después de la muerte de Xan de Aldai, y cuando subió a Lugo para negociar una compra de cerdos, caía en el Campo de la Feria con cuatro navajadas en el cuerpo Alberto de Aldai, el hermano más pequeño de Xan. Y así, recordado por hombres mayores, se llegaron a encontrar otros dos muertos, muertos de muerte violenta nada más poner los pies en la ciudad de Lugo. Dio mucho que hablar la coincidencia en el destino de los Aldai, y para muchos no había tal coincidencia.
Los Aldai eran de una aldea a pocos kilómetros de Lugo capital, junto al río, donde remansa el agua para pasar bajo el puente romano. Lugo quedaba, cruzado el puente, en el alto; y desde la casa de ellos, desde la galería, se veía el comienzo de las casas blancas y grises y el despunte de la catedral.
Durante años ninguno de los niños que se criaron en aquella casa fue llevado a la capital. La capital quedaba para ellos lejos, invisible. Era una pregunta que no recibía respuestas. Si la vieron cambiar, si vieron como crecían las cuestas bajando hacia el río casi con prisa, la vieron más bien alejada como con miedo. La imposibilidad de Lugo era la calma de los Aldai más viejos. En su solar aún se velaban las violencias de antaño. Pero luego, el odio que guardaban dentro de si para con aquella ciudad pasó con el tiempo a enquistárseles y era ya más fácil ignorarla que temerla.
Así, en la siguiente generación de Aldai, envejeció el miedo a la amenaza como envejecen los más feroces odios. Hubo, finalmente, un Aldai que quiso ir a Lugo. Poco podían apelar a otros muertos y a otros años cuando el tiempo había pasado por encima de ellos tantas veces. Los miedos permanecían intactos, pero tan en el fondo de las cosas, tan poco claros, que nadie dijo nada al ver a Nicolás de Aldai tomar el camino de Lugo.
Habían pasado años y Lugo parecía haber recorrido el espacio en busca de las aldeas del pie del monte, acercándose a ellas por hileras blancas de casas nuevas. El último de los Aldai no tuvo que andar mucho para llegar a la ciudad. Subió por frente al Hospital de San José y en un día soleado de mayo entró por la puerta de Santiago. Estuvo toda la tarde por el centro arreglando los asuntos que lo habían llevado allí. También estuvo sentado en un banco de la Alameda viendo pasar la gente.
Cuando anocheció se disponía a volver, tal y como había pensado. En la noche y en la calle de clérigos lo aguardaban ya dos hombres armados. Cuando se le vinieron encima Nicolás se soltó con una navaja que sacó del cinturón como un rayo. Luego, en dos golpes de mano certeros, dejó a uno de aquellos hombres contra una esquina de la catedral, cayendo. Lo mató. Cuando se supo en la aldea la noticia del asesinato que había cometido Nicolás de Aldai hubo quien dijo que la maldición de esa familia estaba en llevar la muerte con ellos, la suya y la de los demás. Otros dijeron que no, que era que la misma muerte había cubierto su cupo en los Aldai y que ahora había cambiado de sentido.
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