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Mércores de Cinza - Comunión
a mi madre
Mi madre hizo la primera comunión con un vestido de seda. Un vestido de Primera Comunión de seda, en aquellos años, era un lujo inesperado. Más aún para una familia, la suya, con la que se había cebado la mala suerte: su padre muerto en la carcel, su tío asesinado por los falangistas. En aquel tiempo la familia de mi madre vivía casi en la pobreza. No tenían absolutamente nada y subsistíande hacer pasteles que cocinaban con tojo -ni siquiera tenían leña- y de vender manzanas los domingos de feria. Bordaban del alba a la noche y permitían que los esrtraperlistas organizaran sus negocios clandestinos detrás de la casa, porque no les quedaba más remedio, pero ellas -tres mujeres y dos niñas- no tenían ni un duro para gastar. Las niñas vestían con pañuelos de campesino cosidos unos a otros y no tenían zapatos. Sin embargo, llegado el momento, mi abuela se las arregló para encontrar seda con que vestir a su hija pequeña.
Esta seda tiene su historia: había venido de un paracaídas. Un tío de mi madre había hecho la guerra en la aviación. Era un hombre bueno que odiaba la guerra y aún por encima tuvo que hacerla en el bando de sus enemigos, de los que casi exterminaron a su familia. Se había alistado en un intento desesperado de salvar a los que aún vivían. Cuando volvió no habló nunca de lo que había visto, pero algunas cosas se fueron sabiendo. Decían los nuestros que cuando su unidad saqueaba las casas de Valencia, el iba guardando las fotografías para volverlas a enviar a las direcciones. Pensaba quizás que los recuerdos son lo único que vale la pena salvar.
La verdad es que a lo mejor pensaba hacerlo, pero en realidad no lo llegó a hacer nunca, porque las fotografías aparecieron todas en casa. A lo mejor no pudo enviarlas, a lo mejor pensó lo contrario: que los recuerdos son lo que menos vale la pena salvar. Quizás la guerra le había enseñado eso.
La familia de mi madre amaba los objetos pequeños y la madera. Mi abuelo, preso en la carcel de Lugo, hacía un hórreo de madera en miniatura, un joyero en el que no tenía nada que guardar. Pues bien, el tío de mi madre volvió de la guerra con una reproducción en madera de su avión: un Junkers alemán de transporte. Era un trabajo fino, acabado en la pintura, con hélices de latón y dos bombas colgando bajo las alas. A mi madre y a mi tía nunca les dejaron jugar con aquel avión. En parte para que no lo estropearan, también en parte por lo que significaba. Puede que ni siquiera fuese un jugete. Yo en cambio si que jugué mucho con él siendo niño, pero sin conocer el significado que entrañaba. Lo supe después: el oficial de aquel avión era un joven cruel y violento, un alférez de complemento que arriesgaba innecesariamente las vidas de sus hombres. La tripulación lo odiaba por el mal trato que les daba y todos tenían miedo de morir en los últimos días. Algo terrible debió pasar, porque todos se conjuraron para matarlo. Y así lo hicieron. Entonces era relativamente frecuente que los oficiales muriesen a manos de sus soldados. Nadie lo supo y, al acabar la guerra, como una comunión de culpabilidad, repartieron entre todos el único paracaídas que había en el avión, el lienzo blanco e inútil, pero que era la única cosa de valor que tenían a mano.
Esa fue la seda que sirvió para el vestido de primera comunión de mi madre.
Mi madre, que no sabía esta historia, me contó alguna vez que aquel vestido no le había gustado después de todo: era de seda, si, pero no era tan blanco como los de las otras niñas. La seda del paracaídas era más bien amarillenta, era una variedad más áspera y resistente, estaba algo dañada por la humedad. Con esa seda ensangrentada, llegada del odio y del resentimiento, cosida por la mano de mi abuela a la luz de una vela mientras su marido agonizaba preso, recibió mi madre el extraño Sacramento de la Comunión, el sacramento de la carne y la sangre...
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