Miguel-Anxo Murado
Miguel Ángel Murado
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Ruído - Zoológico

En medio de la noche rompió a aullar la sirena de la alarma aérea. Estábamos copiando cintas en la mesa de edición, en el piso noveno. Era la primera vez que la escuchaba.

-Ese ruido -dijo V.-. Escúchalo bien. Es el ruido del siglo XX.

Entré en el patio del zoo.

La noche era de color rojo, un rubí intenso y brillante. El rubí de los reflectores y de las bengalas. En medio de un ruido ensordecedor, de las explosiones y los disparos de arma ligera, las balas trazadoras de cabeza verde estallaban como vasos rotos en las paredes y en las ventanas, dejando en el aire un rastro de fósforo. La tierra, fría y húmeda, temblaba con el ritmo mecánico y monótono de una fábrica cada vez que un obús era disparado desde el otro lado de la línea de frente. Era como la patada de un dios, que resonaba sorda en las entrañas de mundo y trepaba por las raíces de las casas sacudiéndose furiosa por todas partes. Después de horas y horas de este castigo ininterrumpido, el ruido de los obuses parecía el sonido del motor del mundo, cuando uno lo escuchaba en el refugio oscuro.

Las líneas de frente son caprichosas. Están trazadas por una mano nerviosa en la oscuridad. En Os. la línea pasaba cerca del zoo de la ciudad. La JNA había hecho retirarse a la milicia croata hasta aquí y ahora el zoo era un punto estratégico defendido por un pequeño destacamento de las HOS y de las MUP. La artillería batía diariamente el perímetro del zoo y por las noches las milicias irregulares, los chetniks barbudos y creyentes, hacían internadas hasta las mismas puertas del complejo en ruinas para dejar caer bombas de mano por las ventanas.

Los animales seguían allí mientras tanto. A la mayoría no era posible trasladarlos a otro lugar más seguro. Tampoco había con que alimentarlos. Agonizaban en las jaulas, aterrorizados por el ruido.

En esta visita a los círculos dantescos me acompañaba el comandante Hervé, como un Virgilio oscuro. Como el era un poeta maldito, pero su maldición se la había buscado él mismo. Se trataba de un mercenario franco-argelino, un tipo sensible, culto y criminal. Amaba la poesía de Whitman y apretar el gatillo. Era la tercera vez que nos encontrábamos en distintos lugares el mundo. Ya nos conocíamos.

Aquella era su poesía y estaba feliz. Sonriendo con la boca y el ojo que aún le quedaba, este cíclope en uniforme de la HOS me iba explicando el zoo y lo que había en cada jaula, como en una absurda visita guiada, iluminada por la artillería, mientras por encima de nuestras cabezas pasaban zumbando las balas con ese sonido seco y casi metálico, como de alambre.

-Aquí estaban las cebras -dijo, refiriéndose a un habitáculo desecho que aún despedía un fuerte olor acre-. Una explosión les abrió la puerta y se escaparon. Fue impresionante -decía-. Pasaron entre nosotros como centellas y corrieron hacia ellos, quién sabe por qué. Las abatieron con fuego de ametralladora. Siguen allí, en tierra de nadie.

En el patio de cemento de los pingüinos vi a los dos que quedaban vivos. Corrían despavoridos entre los restos de sus compañeros, inmóviles como pájaros disecados, mordisqueados por la metralla, descoloridos.

No todo lo que contaba Hervé parecía proceder de una mente racional ni pertenecer a la realidad, pero a medida que proseguíamos por el laberinto fétido de jaulas abiertas, y lamentos y bestias atrapadas, todo parecía posible. Protegidos en los muros de las jaulas deshechas, en las dependencias y en las oficinas, los milicianos hacían su trabajo, indiferentes a los extraños animales que, sueltos y muertos de miedo, vagaban por todas partes.

Dos chacales colgaban de una cuerda.

-Tuvimos que matarlos. Se tiraban a los cadáveres de los nuestros. Ese es exactamente el problema: no podemos alimentar a semejante cantidad de bichos como hay aquí.

-¿Y los cuidadores?

-Muertos. Queda uno. El viejo que sacaba la basura. Por lo menos se sabe sus nombres. Es lo único que los tranquiliza. Sabemos los nombres de las bestias. Los nuestros nadie los sabe pronunciar -dijo riendo.

Ellos eran un pequeño destacamento de la Brigada Internacional de Voluntarios, reclutada a toda prisa un par de meses antes. Fundamentalmente ingleses, franceses e italianos, muchachos de diecisiete años salidos de la violencia europea, de los arrabales miserables de París y Londres, ambiciosos de dinero, de brutalidad o de un sueño disparatado. Pocas horas de combate bastaban para vaciar a la mayoría y convertirlos en criaturas enfermas de esa curiosa mezcla de miedo y suficiencia con la que se construyen los ejércitos.

-Son carne de cañón -decía Hervé, poeta y soldado profesional de una raza muy distinta, de la de los que sobreviven siempre-. Los croatas los desprecian casi tanto como a los enemigos. Por otra parte ellos no saben dónde están.

En la enfermería del zoológico, acostados en el suelo y con los ojos abiertos hasta casi salírseles de los párpados, había tres de estos muchachos heridos. Uno de ellos agonizaba sin darse cuenta.

Un proyectil estalló en el tejado de una dependencia próxima y lanzó sobre nosotros una fina lluvia de grava y arena como una bendición.

-Por aquí -dijo Hervé.

Por una especie de túnel se entraba a la parte más protegida del parque.

Nos recibió un viejo, ridículamente uniformado y borracho. El era el Noé de aquella Arca que navegaba hacia la destrucción en un diluvio interminable. Hablaba y hablaba sin dirigirse a nadie en particular. En un momento determinado me dio la mano.

-Ven -dijo Hervé-. Quiere mostrarte algo.

-Venga, venga por aquí -dijo el viejo desdentado y diabólico, como un feriante que invitaba a entrar en una barraca.

Allí estaba. El elefante.

En un espacio pequeño y oscuro, en medio de un olor insoportable, sentí su respiración agitada aún antes de verlo.

El viejo enganchó un foco a la batería que habíamos traído con nosotros. El elefante, demasiado asustado y aplastado por su propio peso, apenas se movió al notar la luz. Una sábana blanca empapada del bermellón de la sangre le cubría las vísceras. Una granada de mortero le había destrozado parte del vientre.

Junto a él, de rodillas sobre la paja sucia que tapizaba el cemento del suelo, había una mujer. En el brazo del jersey distinguí cosido el emblema de una asociación inglesa de médicos voluntarios.

-¿Como está? -pregunté.

Pasó la mano por el empedrado de la piel del elefante, áspera como la lija, complicada como un mapa. La armadura abollada y rota, golpeada con furia, destripada, segregaba la masa roja y blanca de los intestinos sobre el suelo.

-¿Sabe? -dijo ella-. Llevo todo el día aquí, a su lado. Pensaba que he visto muchas heridas, humanas o no. Pero en él el sufrimiento es tan inmenso... es la mayor herida que hay en esta ciudad. Puede que sea la mayor herida que haya hoy en el mundo.

En el ojo del elefante se agitaba la pupila dilatada. Era como un Leviatán. El Leviatán que servirá, según las Escrituras, de banquete para los justos cuando llegue el fin del mundo. Allí estaba, quizá, el fin del mundo, porque el fin del mundo sucede todos los días. Pero aquella mísera bestia enflaquecida no tenía ya carne que dar y no se distinguían muchos justos en las proximidades.

-Tiene casi cien años -siguió diciendo ella-. Nació antes que todos nosotros. Pensaba también en eso. En que lo vio todo. Tardan en nacer y tardan en morir.

-Hubo un tiempo en el que los elefantes eran armas de guerra. Los elefantes pudieron haber conquistado Roma, el mundo entero -pronunció Hervé, el poeta maligno.

Pero ahora no había nada de poderoso en aquel monstruo, en aquel gigantesco cachalote varado entre cascotes e iluminado por la luz enfermiza de las linternas alimentadas por la batería de automóvil. Más bien su masa tenía la desproporción del físico de un payaso. Era una montaña de carne cruda, un montón de deshecho orgánico que podía sentir y mirar, eso sí.

-No lo podemos matar -añadió Hervé frotando la nariz con la mano enguantada-. El olor. No podríamos soportarlo. No tenemos cal suficiente.

-¿Que hay de los camiones? -preguntó ella.

-Nema camiona, gospodice, nema. Nista(1) -dijo el viejo.

-Entonces deberíamos abandonar el lugar.

-Mis hombres no se replegarán -cortó Hervé-. Ya se lo aclaré, creo. Defenderemos el perímetro hasta el final. Es definitivo.

Ella miró para mí. Dejó escapar una sonrisa.

-Como ve, en todas partes todo es definitivo. ¿Que querrá decir esa palabra?

-El final está cerca -dijo Hervé-. Pero encontrarán un infierno si es preciso. Ustedes pueden abandonar la zona si quieren. Toda esta gente va a morir.

-Me quedaré aquí hasta que él muera -posó dulcemente la mano sobre el elefante-. Después esperaré a que lleguen los camiones para enterrarlo en algún sitio.

-Nema camiona, nema -volvió a repetir el viejo borracho.

-Nos volveremos a ver en otro lugar... espero -dijo mirándome a mí. Alargué la mano y toqué la suya, caliente sobre el cuerpo de la bestia moribunda.

Hervé y yo salimos. Montó la pistola y dijo:

-Ven, quiero enseñarte otra cosa más, portugués.

Entramos en otra estancia oscura. Hervé encendió la linterna. Detrás de los barrotes paseaba un enorme tigre de Bengala.

-Para los chetniks es un símbolo. Esos que están ahí fuera -dijo, refiriéndose a los enemigos-. ¿Sabes lo primero que hizo Arkan?(2) Robó un cachorro de tigre del zoo de Belgrado. Por eso se llaman a si mismos "los tigres".

El animal se revolvió desesperado por el hambre, triste y desorientado, absolutamente loco.

Hervé añadió, con un asco visceral.

-Eso pienso a veces, que es su símbolo. Y desde entonces odio a esta bestia. ¿Sabes lo que sueño? Sueño en que si esto dura lo suficiente, el cachorro crecerá y llegará el momento en el que Arkan no tendrá con qué alimentarlo y el tigre lo devorará a él.

Entonces Hervé, inesperadamente, disparó sobre el animal con su pistola, y volvió a dispararle una y otra vez, fuera de si. Como en un crimen pasional descargó el arma sobre el animal completamente, que quedó arrugado como un trapo, contra una esquina.

Fue entonces cuando, durante unos instantes, paró el ruido de aquella noche de pesadilla.

A través del agujero del techo derribado vi la Osa Mayor y las estrellas, el firmamento tembloroso, inmenso, helado, en el que respiran los astros encendidos y solitarios.

Al quedar en silencio, se empezaron a escuchar, por primera vez para mí, los lamentos de los animales atrapados y desesperados de hambre y el latido ansioso y sonoro del enorme corazón del elefante, bombeando litros y litros de sangre, incapaz de morir.

1. Nada de camiones, señorita, nada. No hay.

2. Arkan, seudónimo de un líder guerrillero serbio, conquistador de Vúkovar.

 


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