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Caderno de Xapón
fragmento
Los países no se entienden si no se sobrevuelan. Los verdaderos mapas son los mapas físicos. Con estos, y no con los mapas políticos, es como se debería enseñar la Historia. Japón: una naturaleza atormentada que no hace más que acrecentar el misterio de su lugar en el mundo.
Michaux decía en el libro que escribió contra Japón que había recorrido mil doscientos kilómetros por el país sin ver árboles hermosos. No hay ninguna riqueza natural, el clima es malo, la lluvia constante, inesperada. La profundidad de la Fosa de las Marianas, el océano más oscuro, más hondo del mundo (once kilómetros), está a su lado. Es un país al borde de un precipicio. Pero el país es en sí mismo también un precipicio (las tres cuartas partes de la tierra son pendientes de más de un quince por ciento). Es, además, un precipicio a hombros de una ballena, como la imaginaban los antiguos pobladores de las islas(1) cuando sentían moverse la ballena y provocar la destrucción del temblor de tierra (al año, se producen mil quinientos terremotos). No es extraño que en el arte japonés lo perdurable no tenga importancia. Nada perdurará de Japón, quizás mañana ni siquiera exista. Pero ahora existe, sentado en la ballena. Como la ciudad de Asu en la isla de Kyushu, sobre la que volamos ahora: una localidad de ochenta mil habitantes construida dentro del cráter de un volcán. Como los antiguos venecianos, que no les enseñaban a nadar a sus hijos para mostrar así su confianza en la laguna. No es sorprendente: el dios principal de esta tierra volcánica es un volcán.
El Fuji-San, el volcán dios. Abajo, se distingue su presencia. Siguiendo con Michaux, él recordaba el gran reproche de los chinos a los japoneses: la falta de un gran río. Los grandes ríos traen la sabiduría, y las grandes culturas nacieron junto a los grandes ríos; y casi siempre como consecuencia de ellos. También Nicolás de Cusa decía haberse convertido en filósofo al ver a los viajeros pasar de una orilla a otra de Mosela (su padre era barquero en Bernkastel Küs).
Los japoneses, es cierto, no tienen ningún gran río. Tienen un volcán, lo que también puede parecer significativo. En una acción bélica irracional, los americanos lo bombardearon durante la guerra (¡bombardear un volcán!). Un ingenuo intento de blasfemia, un anacrónico sentido de la guerra (aniquilar a los dioses del enemigo).
Más adelante, Michaux escribió en la segunda edición de su libro sobre Asia unas notas para disculparse de la visión profundamente negativa que había dado en él sobre Japón. El Japón que él había visitado era el de los años treinta, militarista y autoritario.
Militarista y autoritario. En una librería de Tokio vi una vez un libro de temática militar en la sección de “Religión”. Un lapsus. Y, sin embargo, las ciudades japonesas son quizás las únicas en el mundo que nunca tuvieron murallas, ni siquiera cercados(2). Divisadas desde esta altura, ya se percibe en su topografía esa ausencia, la del anillo que comprime los centros de las ciudades europeas. Incluso el ideograma chino que significa “ciudad” incluye el que significa “muralla”. El japonés, no. Incluye el que indica “mercado” (también esto, quizá, sea revelador. Y la Historia. Pocas guerras: la de exterminio contra los ainu; después, una Edad Media revuelta, sí, pero como la europea, con ejércitos pequeños. Guerras muy cantadas, pero poco cruentas. ¿Imperialismo japonés? La realidad es que, aparte de la fracasada expedición a Corea de Hideyoshi, Japón nunca agredió a otros países hasta fechas muy recientes, ata su occidentalización Meiji. Entonces, sí: cincuenta años de furia, de expansión violenta, de barbarie (Nanking, las esclavas sexuales, el trato a los prisioneros de guerra). Y luego, de repente, nada. La imagen del volcán parece la más apropiada. Sesenta y seis de doscientos noventa y uno todavía están activos.
El Fuji, “su forma es un cúmulo de sal” decía Ariwara no Narihira. Cientos de años de silencio y, de repente, furia, lava. Como una sociedad ciclotímica que pasa de la depresión a la euforia y de la euforia a la depresión, cada cincuenta años Japón estalla, hace algo que detiene la marcha del mundo. Luego: ceniza que se lleva el viento.
1. En realidad, la creencia en la ballena que sostiene el mundo y que da lugar a los terremotos cuando se mueve no es específicamente japonesa, sino ainu (Mackenzie, 1995). Los ainu son los pobladores más antiguos de Japón, confinados ahora en la parte más septentrional de la isla de Honshu y Hokkaido. Hasta hace poco, se negaba su misma existencia y son un tema tabú en Japón. Adoraban al oso y al salmón (algo muy apropiado para este pueblo que logró sobrevivir a base de nadar contracorriente), y parte de su cultura, como el mito de la Ballena, logró pasar al acervo japonés.
2. También existieron ciudades inglesas y escandinavas no amuralladas, pero aún así eran casos excepcionales y frecuentemente tenían foso, terraplén o algún otro tipo de separación (Pounds, 1992)
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