Miguel-Anxo Murado
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AUTOPISTA HACIA LA GUERRA

Miguel A. Murado

A Eduard Kokoiti, el presidente de la auto-proclamada República de Osetia del Sur, la guerra le ha llegado en un mal momento: justo cuando empiezan las Olimpiadas, que seguramente tendría un interés especial en ver, puesto que de joven él mismo fue miembro del equipo soviético de lucha libre. Lucha tendrá de sobra, pero de otro tipo, porque parece que el conflicto de Osetia, enquistado desde hace veinte años, ha estallado finalmente.

Las raíces históricas del conflicto son las habituales en estos casos. Más de dos tercios de la población de Osetia del Sur está formada por osetios, una etnia que se estableció en allí en la Edad Media empujada por el avance de los mongoles. Los osetios no son rusos (de hecho, hablan una lejana variante del persa) pero a lo largo de su historia han luchado fielmente a su lado en sus guerras coloniales, tanto en tiempos de los zares como luego en el período soviético. Lo mismo que la también separatista Abjazia, Osetia del Sur ha sido integrada en Georgia sólo muy recientemente, y no de buena gana. El hecho de que Georgia sea un país particularmente nacionalista no ha ayudado al entendimiento, sobre todo tras la independencia georgiana. Por eso, tanto Abjazia como Osetia del Sur intentaron separarse ya entonces con el apoyo indirecto pero indisimulado de Rusia, que ha repartido sus pasaportes a los osetios y mantiene tropas en Georgia bajo el siempre socorrido eufemismo de “fuerzas de paz”.

 

Pero ¿cuál es la importancia de esta región de superficie bastante menor que la de la provincia de Pontevedra y menos población que Ferrol? Para Georgia se trata sobre todo de una cuestión de orgullo patriótico, un orgullo herido por el derrumbe de su economía tras el fin de la Unión Soviética. La incapacidad del ejército georgiano para someter a los rebeldes propició ya la caída de su primer presidente, Gamsajurdia, y la herida sigue abierta.

El problema de Georgia es que no puede sobrevivir sin el comercio con el país que más detesta, Rusia. Bajo la presidencia del escurridizo Shevernatze, Georgia aceptó un “status quo” que le permitió un cierto desarrollo económico a cambio de tolerar el autogobierno de Osetia del Sur. Pero el actual presidente, Mihail Saakashvili, ha vuelto a agitar la bandera antirusa, en gran parte por desesperación. La economía georgiana se ha vuelto a hundir en el 2006, cuando Rusia dobló el precio del gas y en Tbilisi hubo revueltas el año pasado contra Saakashvili, considerado cada vez más autoritario y corrupto. Al desatar esta ofensiva contra Osetia, el Saakashvili estaría lanzándose al vacío, tratando de forzar una crisis en la que Estados Unidos, su dubitativo valedor, se implique definitivamente a su favor. Pronto sabremos si le ha funcionado porque había una visita de Condoleezza Rice prevista para dentro de un par de semanas. Si no se cancela, es que Washington acepta mediar entre Tbilisi y Moscú.

Para Rusia, por su parte, el conflicto de Osetia del Sur es una forma útil de mantener su control sobre Georgia, un país hostil en su frontera más sensible, la que da al petróleo. Por Osetia atraviesa precisamente la autopista transcaucásica, de enorme importancia económica (de hecho, es la mayor fuente de ingresos de la república rebelde). Si las intenciones de Georgia de unirse a la OTAN no gustan nada en Moscú, tampoco gusta el gran oleoducto del Cáucaso construido por Estados Unidos, y que pasa fundamentalmente territorio georgiano. Y, por si fuera poco, Rusia quiere celebrar las Olimpiadas de Invierno del 2014 precisamente en Sochi, una localidad del Mar Negro donde veranea Vladimir Putin y que se encuentra bastante cerca de la frontera con Georgia. Hay que confiar que, al menos para entonces, el problema esté resuelto.



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