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Betancourt, la fuerza de una imagen
Miguel A. Murado
UNA IMAGEN ha valido más que mil palabras, incluso que más que mil discursos. Ha tenido que ser esa fotografía de Ingrid Betancourt demacrada, maniatada y en una pose que recuerda una Pietá sufriente la que haya terminado por forzar al gobierno colombiano a hacer algo para remediar el drama de los secuestrados por la guerrilla.
Hasta ahora, la política de Álvaro Uribe había sido dar prioridad a las operaciones de rescate frente a la negociación con las FARC. De haber resuelto el problema nadie se lo criticaría pero, desgraciadamente, esas operaciones, aparte de algún éxito aislado, han acabado a menudo en la muerte de los que se pretendía rescatar. Por eso los familiares de los secuestrados siempre han pedido la negociación (como se hizo con los paramilitales). Fue debido a esta presión que Uribe aceptó entablar conversaciones con las FARC por medio de Hugo Chávez. La idea no era mala. Uribe esperaba así, además de calmar la indignación de las familias afectadas, aprovechar para presionar políticamente a las FARC, que se sospecha que utilizan Venezuela como base de aprovisionamiento y refugio. Pero no resultó, y de hecho la mediación ha degenerado en un zafarrancho de recriminaciones entre los dos presidentes que, de tomárnoslos en serio, Venezuela y Colombia estarían al borde de la guerra. Claro que Chávez y Uribe no sólo comparten sastre (Miguel Caballero y sus trajes de marca con tejido antibalas), también comparten un gusto similar por la hipérbole…
Pero las imágenes del calvario de Ingrid Betancourt han terminado por asustar al ejecutivo colombiano, que a toda prisa se ha lanzado a un intento de mediación desesperado. La doble nacionalidad de la Betancourt, un hecho en el fondo banal (aunque nacida en Francia cuando su padre era embajador, nunca ha vivido en ese país), serviría de percha para volver a implicar a Nicolas Sarkozy, un presidente con una hinchada reputación de buen negociador.
Pero propuestas de Uribe son confusas y el presidente francés no está convencido.Su capacidad de presión en países como Libia o Chad no puede compararse con su escasa influencia en las FARC. En el Elíseo son conscientes de esto, como también de que, en contra de lo que se cree, la liberación de las enfermeras búlgaras en Libia no fue obra de Sarkozy y la de los cooperantes del Chad ha resultado un fracaso. Lo mismo que las familias de los secuestrados, Francia prefiere que Chávez se vuelva a encargar de la negociación. Por eso el martes París rechazó reunirse con el enviado de Uribe, lo que no quita para que, si se logra algún resultado, veamos a Sarkozy atribuirse el mérito... El problema es que un éxito de Chávez, toda una bendición para su orgullo humillado, sería catastrófico para Uribe después de haberle desautorizado. Se ha desatado, pues, una carrera de egos que por lo menos tiene algo de bueno: quizás así se logre terminar con la triste situación de los prisioneros.