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Cambio de alianzas

Miguel A. Murado

Se la puede llamar guerra civil, pero con algo de cinismo se la podría llamar campaña electoral; porque lo de estos días en Basora y Bagdad tiene mucho que ver con las próximas elecciones locales en Iraq. El gobierno de al-Maliki, que nació con el apoyo de las milicias de Muqtada al-Sadr, sabe, sin embargo, que la probable victoria del clérigo al-Sadr en los comicios le haría pasar de colaborador a dueño de la situación. De ahí esta ofensiva para debilitar al antiguo aliado.

Hay otro motivo: Los americanos se van, se huele en el aire. Los británicos ya se están yendo y, a partir de octubre, habrá una redecoración profunda de la Casa Blanca. Al-Maliki tiene que tomar posiciones para lo que va a ser la versión iraquí de Sólo ante el peligro y no puede tolerar que Basora siga en manos de al-Sadr. Basora es el cordón umbilical iraquí, la única salida al mar y un oasis de petróleo. No por nada es la ciudad natal del iraquí más famoso hasta Sadam Hussein: el comerciante Sinbad.

El problema es que a al-Maliki le está fallando el pulso. En cinco días sólo ha logrado provocar 300 muertos y poco más. Su ejército iraquí, con sus uniformes recién cortados, es mejor de lo que se esperaba pero no lo suficiente para el envite. Ya el general americano Petraeus advertía hace un año que era mejor no meterse con al-Sadr. Consecuencia: al-Maliki ha tenido que llamar en su ayuda a la aviación norteamericana y, peor todavía, se está haciendo aún más dependiente de las milicias chiítas de Badr, rivales de las de al-Sadr, y bastante peores que éstas. Para empezar, son mucho más pro-iraníes que las del clérigo Muqtada, y ciertamente más impopulares e indisciplinadas. Al-Sadr, mientras tanto, con su oposición tanto a Sadam Hussein en su momento como ahora a la ocupación norteamericana, despierta más simpatías que el ambiguo politiqueo del presidente al-Maliki. Sus milicias han proporcionado más seguridad a los barrios chiíes que la policía y, hasta que los americanos los echaron de Sadr City en Bagdad, por ejemplo, el barrio no había sufrido ningún coche-bomba. De nuevo la ironía: Muqtada es peligroso para el gobierno no por su violencia sino por su capacidad de gestión.

El gobierno iraquí, pues, ha decidido jugarse el todo por el todo: si gana, tendrá el control del país. Si pierde, será la guerra civil. Que una apuesta tan arriesgada merezca la pena demuestra hasta qué punto la situación del gobierno es desesperada y hasta qué punto la situación del país le importa poco al gobierno.

 



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