Miguel Murado
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El fin del Capitán América

Miguel-Anxo Murado

Estados Unidos no sólo parece estar perdiendo la guerra de Iraq en la realidad. También parece ser que la está perdiendo en la ficción. En ese mundo de la imaginación, los americanos acaban de sufrir una baja importante: El Capitán América, abatido por un francotirador en el último número del famoso cómic. Mal asunto cuando empieza a perderse la guerra contra el terrorismo hasta en las páginas de los cómics, donde los superhéroes cuentan con poderes especiales, en principio mucho más eficaces que, por ejemplo, las resoluciones de las Naciones Unidas o el Derecho Internacional.

En realidad, el Capitán América no muere en Iraq, pero es una víctima más de esa guerra. Parece ser que el editor recibía montones de cartas de lectores que le pedían que lo mandase a Bagdad para acabar con la resistencia iraquí, igual que en su momento había acabado con el nazismo y con el comunismo. Pero al mismo tiempo otros tantos lectores escribían sugiriendo lo contrario: que el Capitán América luchase mejor contra la política del presidente Bush. Y ante esta disyuntiva entre la movilización y el golpismo, entre alistar al Capitán América o hacerlo pasar a la oposición, el editor tomó una decisión salomónica: mandó dibujar un francotirador que le pega un tiro y lo mata, que es como se le rescinde el contrato a los personajes de ficción. Punto. Ojalá las decisiones políticas pudiesen tomarse así de fácilmente, con unos pocos trazos de lápiz en unos minutos.

Reconozco que nunca simpaticé con el Capitán América. De niño, no me gustaban los superhéroes. Desafiaban tanto mi incipiente racionalismo infantil como mi sentido del ridículo. Todos esos tipos vestidos de sota de bastos, con capas de colores y antifaces, usando superpoderes a partir de elementos inexistentes en el sistema periódico (la kryptonita ¿qué tontería es esa? Pensaba yo a los ocho años). Supongo que, instintivamente, lo que detestaba era la arrogancia de la fuerza, esa concentración excesiva de poder en un solo individuo. Mi manía contra el Capitán América era, así lo veo yo, una especie de anti franquismo naïf e inconsciente.

Y sin embargo, como sucede con tantas muertes reales, esta muerte imaginaria de un dibujo me empuja por una vez a hablar bien del difunto, de este viejo veterano que, queriendo siempre representar el espíritu de América, finalmente lo logró al convertirse en metáfora de dilema en que se encuentra ese país ante una guerra que era innecesaria y ahora es irresoluble. En el mundo de la fantasía, es como si ya se hubiesen retirado las tropas.

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