Miguel-Anxo Murado
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DILEMAS MILITARES, DILEMAS ELECTORALES

Miguel A. Murado

 Normalmente, los bombardeos son una preparación para una incursión terrestre y tienen como finalidad “ablandar” las defensas del enemigo. Esto es así en una guerra convencional, pero no es aplicable a Gaza. Allí no existe un ejército, ni carros de combate ni campos de aviación. Los palestinos a los que se va a enfrentar los soldados israelíes ahora en Gaza están armados sólo con fusiles de asalto y explosivos caseros. Los bombardeos han sembrado caos y desmoralización (al fin y al cabo, los civiles muertos son vecinos y familiares de los combatientes) pero el valor militar de estas operaciones es escaso. ¿A qué esperaba, entonces, el ejército israelí para entrar en Gaza?

Para comprenderlo es importante saber algo antes sobre el ejército israelí. Contrariamente al mito, este ejército casi nunca ha librado una guerra “de verdad”. Sólo ha luchado partiendo de una ventaja militar desproporcionada y siendo quién decide el momento de comenzar el conflicto. Tan sólo en 1973 Israel sufrió un ataque. Por eso sufrió entonces la mitad de todas sus bajas en combate, y que en seseta años son unas 6.000, cifra que sorprenderá a más de uno. En la Guerra de los Seis Días, por ejemplo, perecieron 25.000 árabes, pero sólo 700 soldados israelíes, y en las invasiones del Líbano de 1978 y 1982 murieron 52.000 palestinos (40.000 civiles) mientras que Israel perdió 500 soldados. Esta apabullante asimetría no se debe a que el israelí sea un ejército excelente, sino a que es un ejército que desde hace cuarenta años que no se enfrenta a ejércitos.

Esto es lo que pesa en la decisión de enviar tropas a Gaza. Aunque pésimamente armados, los palestinos se defenderán. No sólo combatirá Hamas, también los demás grupos y muchos ciudadanos sin filiación que lucharán por sus familias. Pesa el precedente del campo de refugiados de Yenín, en el 2002, cuando un puñado de guerrilleros, en vez huir ante las columnas blindadas como esperaban los israelíes, lucharon hasta el final, llévándose por delante a trece soldados en un solo día, la mayor mortandad sufrida en una jornada por el ejército israelí en veinte años. Israel pudo ocupar finalmente Yenín, pero sólo porque todos sus habitantes habían muerto o huido. En Gaza esto es imposible.

Pesa más aún la reciente invasión del Líbano del 2006, con la que comenzó su andadura la actual legislatura israelí y que se saldó en otro desastre político. Como ahora, Israel anunció que lanzaría una fuerza de 60.000 soldados, pero sólo 6.000 llegaron a cruzar la frontera, y esto para sufrir un número de bajas que se consideró insoportable (cien soldados), por lo que se decidió volver a los bombardeos (murieron más de 1000 libaneses, la mayoría civiles) y suplicar a la comunidad internacional que negociase un alto el fuego y desplegase sus tropas en la zona (sólo del lado libanés). Es por esto que España tiene tropas en Líbano protegiendo a Israel.

Pero es que además en Israel hay elecciones en pocas semanas. Actualmente el parlamento se encuentra dominado por la extrema derecha (Likud, Partido Nacional Religioso y los dos partidos integristas religiosos judíos tienen 50 escaños; la derecha Kadima 29; el centro laborista 19 y la izquierda 8), y los sondeos anuncian un escoramiento aún mayor en esa dirección. Y resulta que el ministro de Defensa, Ehud Barak, se presenta a estas elecciones. Sabe que de la misma manera que los bombardeos han incrementado su popularidad puede perderlo todo si se equivoca ahora.

Se dice que la guerra es “la continuación de la política por otros medios”. Pero en Israel, cuyo gobierno dirigen regularmente generales, guerra y política son una única cosa. El comandante en jefe del ejército tiene, pues, un ojo en los planes militares y otro en los sondeos pre-electorales. Los muertos ajenos dan votos, los propios los restan, y él tiene que encontrar un difícil equilibrio entre las dos cosas.

 

 

 



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