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El latido del corazón de la India
Miguel A. Murado
Hay pocas dudas respecto a la autoría de los ataques del miércoles en Bombay. Serían obra de los Muyajaidín Indios, el nombre bajo el que se ha reorganizado la facción radical de la prohibida Unión de Estudiantes Musulmanes. A diferencia de otros grupos (también candidatos a la sospecha), como Lashkar e-Taiba o Harkat al-Yihad ul-Islami, que están vinculados a grupos de Cachemira y al servicio secreto pakistaní, los Muyajaidín Indios son un grupo local. Sus bombas suelen ser rudimentarias (nitrato de amonio hecho de fertilizantes) lo que hace pensar que ni siquiera cuentan con un gran soporte económico.
Una vez más, conviene descartar la mención de “al-Qaida” que salta automáticamente a los teletipos cada vez que se produce un atentado coordinado y masivo, y que se ha convertido en un cliché: esta clase de matanza, desgraciadamente, no tiene nada de nuevo en la India; las ha habido desde la partición que dio origen a este país y a Pakistán. Aunque haya un elemento “yihadista”, cabe hablar aquí más bien de un largo enfretamiento inter-comunitario similar al antiguo del Ulster y en el que ha habido violencia, y mucha, por ambas partes. Hay 150 millones de musulmanes en la India, un Estado dominado por la mayoría hinduísta.
Sin ir más lejos, el pasado septiembre estallaron varias bombas en la ciudad de mayoría musulmana de Magaelon y en Guyarat. La novedad de estos atentados de septiembre fue que, por primera vez en su historia, la policía hindú arrestó sospechosos, que resultaron estar vinculados a grupos terroristas hindúes como Avinav Bahrat, pero también al partido BJP, que podría ganar las próximas elecciones. Peor aún, entre los detenidos había un coronel del ejército y dos altos oficiales. El ejército hindú está lejos de ser un nido de conspiraciones y terrorismo como vecino ejército pakistaní, pero la señal es inquietante.
No tan inquietante, ciertamente, como los Muyajaidín Indios. En poco más de un año de existencia habían colocado ya 43 bombas en cuatro meses y matado a 140 personas, a las que habrá que sumar ahora la de esta última masacre. Su eslogan preferido es “Haremos que el corazón de la India deje de latir” y por eso suelen atacar centros financieros, administrativos y vacacionales como Bangalore, Delhi o ahora Bombay. Su líder actual (su fundador, Safdar Nagori, está en prisión) es Abdus Querishi, un antiguo técnico informático de Bangalore, un producto genuino de la “nueva India” de la informática con ideas arcaicas de la “vieja India”, la de las luchas intra-religiosas que comenzaron mientras los albañiles ponían las primeras piedras del Hotel Taj Mahal, e Hospital Cama y el café Leopold de Bombay, tres de los lugares que fueron el miércoles testigos de esta nueva muestra de resentimiento y brutalidad. La sacudida que habrán sentido los edificios en sus cimientos es la sacudida de los cimientos de la propia sociedad de la India. El corazón de la India, desde luego, dejó de latir durante unos minutos; y con él el de el mundo. Triste logro.