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EL TESTIGO DOBLEMENTE INCÓMODO
Miguel A. Murado
Hay libros que son como una penitencia. Es el caso de Archipiélago Gulag: su lectura no proporciona placer, pero es un deber moral para todo aquel que ha creído en la utopía leninista. Sus cientos de páginas constituyen un gigantesco monumento a la memoria y una demoledora sentencia contra un régimen que despertó la esperanza de tantas personas sinceras pero mal informadas.
Esta condición de testigo de cargo de Solyenitsin ha hecho olvidar que se trataba de un escritor estimable, como demuestra en Un día en la vida de Ivan Denisovich, que fue lo que realmente conocieron los rusos de su época, más que Archipiélago Gulag. Pero Solyenitsinha sido una víctima del Gulag incluso en su carrera literaria. En los años 70 la izquierda no quería escucharle. Tan sólo le prestaba oídos la derecha anticomunista (mi generación recuerda el error que cometió Solyenitsinvisitando la España de Franco para hablar en el programa de…¡José María Iñigo!). Más tarde, fue un “pepito grillo” que no se creyó la perestroika (tenía razón); y luego fue aún más molesto para Yeltsin, cuyo liberalismo salvaje detestaba el Solyenitsinreligioso, conservador y preocupado por la estabilidad social. Finalmente, acabó adoptando el personaje de tantos grandes escritores rusos en sus últimos años (Dostoyevski, Tolstoy, Gogol): el incomprendido profeta barbudo, refugiado en la nostalgia del “alma rusa”.
No sólo Rusia ha sido injusta con él. Si antes muchos no querían creerle, ahora es la verdad incontestable del Gulag la que plantea problemas a otros, precisamente por su desmesura. Nuestra imagen del Mal absoluto la ocupa, de manera exclusiva, el Holocausto, y esto ha cubierto de un olvido injusto este otro crimen, en algunos sentidos más grave. Como escribió Martin Amis, todo el mundo ha oído hablar de Auschwitz, pero nadie sabe apenas nada de Vokurtá o Solovietski. Esto es lo que ha permitido que, bajo Putin, Stalin incluso haya podido regresar de puntillas a los libros de texto como un estadista que “cometió errores” pero hizo grande a Rusia. Por desgracia, Solyenitsin ha vivido para ver esta última mueca cruel de la historia.