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El triste recorrido de la antorcha olímpica
Miguel A. Murado
El dato es poco conocido y bastante irónico: la llama olímpica fue un invento nazi. El actual paseo de la antorcha comenzó en los juegos de Berlín de 1936, que presidió Hitler. Concretamente, fue idea de la directora de cine Leni Riefenstahl, que se inspiró en los desfiles nocturnos de las SS… El que esa llama deba representar los derechos humanos nunca se le hubiese pasado por la cabeza al fundador de los Juegos Olímpicos, el barón de Coubertin, para quien estos eran, ante todo, una celebración de la convivencia entre los países, no las personas.
Pero la llama olímpica ha cambiado de significado, y su penoso recorrido por el planeta se está convirtiendo precisamente en motivo de discordia entre países y, más en concreto, en una pesadilla para China. Después de haber sido apagada ya varias veces por los manifestantes, en Buenos Aires hasta la apagó el viento (y eso que está diseñada para soportar ráfagas de 65 kms/h. y lluvias de 50 mm). La politización de los Juegos es ya un hecho y, aunque lo más probable es que el boicot no pase de la ceremonia de inauguración, el daño a las delicadas relaciones China-Occidente ya está hecho. Los activistas tibetanos tienen motivos para estar satisfechos, pero ¿Qué impacto tendrá todo esto en los derechos humanos en China, si es que tiene alguno?
En principio, se está produciendo una paradoja: al centrarse las críticas en el conflicto del Tíbet, se ha desviado la atención del problema de los derechos humanos en sí. El separatismo tibetano, por justificado que esté, es independiente del régimen que gobierne en Pekín. Como mucho, este sería, como el de la secta Falun Gong, un problema de libertad de culto, un aspecto marginal de la carencia de libertades generalizada en el país. Mientras, la verdadera oposición democrática china se ha quedado a oscuras: en Occidente no se escucha a sus portavoces, que se oponen firmemente al boicot, y en China éstos se ven obligados a mantener silencio para no perder simpatías, puesto que la población es en general hostil al independentismo tibetano y unánime en su deseo de que los Juegos sean un éxito. Todo el mundo ha oído hablar del Dalai Lama, pero a pocos activistas anti-Pekín les sonará Yang Yishing, por ejemplo, el líder pro derechos humanos chino.
El terreno queda así abonado para la propaganda oficial de Pekín. Con su control casi absoluto de los medios no le está resultando nada difícil presentar el via crucis de la antorcha olímpica como una muestra más de la xenofobia anti-china y la envidia de Occidente. Y cabe decir que algo de eso hay. En la opinión pública occidental pesan tanto la imagen real de una China no democrática como los prejuicios contra una economía que se considera como un “nuevo rico” amenazante, con su crecimiento del 11% anual. Las cifras de encarcelados sin juicio, de ejecuciones (más de mil por año) o las limitaciones a la libertad de expresión se quedan en una nebulosa sin números. Y surge el agravio comparativo, porque a los chinos no se les escapa que los países que la critican son los mismos que no vieron nada malo a celebrar un mundial de fútbol en la Argentina de los desaparecidos, un Eurovisión en el Israel de la ocupación y, no hace mucho, unas olimpiadas en Corea (también en la del Norte).
China, en definitiva, se siente incomprendida. En los últimos años ha logrado mejorar sustancialmente el nivel de vida de sus habitantes (la caída de los índices del hambre en el mundo se le debe en gran parte) y aunque no ha proporcionado muchas libertades fundamentales a sus ciudadanos, lo cierto es que este es el primer año en el que ya no aparece entre los “diez estados más represores” del mundo. No es suficiente pero, para un país que tiembla aún al recordar los años de la terrible “revolución cultural” de Mao, la lucha por los derechos requiere de una cierta pedagogía. Que el boicot a su fiesta del deporte pueda servir para despertar ese deseo de una mayor libertad no parece lo más probable.