Miguel Murado
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Esperando el ciclón

Miguel A. Murado

Si Pérez Roque, el ministro de Exteriores cubano, dice que no habrá más cambios en la isla es que no los habrá. No es que él mande, es que era él quién se esperaba que los hiciese.

Cuando Fidel Castro se retiró de la escena, Pérez Roque era el nombre que sonaba para pilotar una apertura. Se contaba que tuviese que compartir el poder con los generales, porque el ejército es la única institución que funciona en el país, además de la más abierta, precisamente porque su componente meritocrático (el escalafón se puede manipular, pero solo hasta cierto punto). Se contaba con que Raúl Castro se impondría a si mismo la misión de ser un breve paréntesis. Esta era la teoría optimista. La pesimista era que se verificase la “Ley Andropov”: ante las dudas, inmovilismo y dejar todo en manos de la biología. Raúl se ha quedado y Pérez Roque, en vez de ponerse en la tarea de cambiar el régimen, tiene ahora como misión intentar vender su pereza política.

¿Se sostendrá mucho tiempo esta solución cerrada en falso? Es poco probable. Hace quince días el mundo cambió tanto que podríamos darle ya otro nombre. La crisis arrasará con economías de turismo y materias primas como la cubana, mientras que los altos precios del petróleo, la base del castro-chavismo que permite cierto margen de maniobra a Raúl, podrían estar llegando a su fin.

Es inútil buscar la dirección de la política exterior española en todo esto: consiste en estar ahí para cuando pase algo con Cuba, lo que sea. Pesa el precedente de Guinea Ecuatorial, donde la confrontación con la dictadura hizo que España perdiese toda influencia posible en su futuro. Como todas las inversiones que dan pocos dividendos, esta diplomacia tampoco es de riesgo. Ni en la UE ni en Estados Unidos siquiera se presta la menor atención a esta relación especial, ni para bien ni para mal, y España es un convidado de piedra que se conforma con seguir invitado. Puede que algunos opositores se resienten por esto, pero a la mayoría ni le importa. La disidencia está demasiado dividida y cansada. No es ese el problema.

El problema es para los cubanos. El tiempo pasa y el régimen sigue viviendo al día, como los ciudadanos, y tras un verano de ciclones devastadores está por llegar el de las finanzas. Al final, el cambio podría llegarle a Cuba de donde más lo ha temido siempre, de Wall Street, y no en forma de invasión sino de una bancarrota.

 

 

 

 

 

 



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