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Europa no se acabará en Irlanda
Miguel A. Murado
El primer ministro de Irlanda, Brian Cowen, es casi la caricatura del irlandés de las películas: fue camarero en un pub, y es un tipo directo y sincero. Por ejemplo, ha reconocido que no se ha leído el Tratado de Lisboa que ayer se sometía a votación en su país. Esto a pesar de que se ha pasado semanas pidiendo el “sí”. Se repite, pues, lo que ya es una pauta habitual en las consultas y decisiones sobre Europa: los políticos no intentan convencer a los ciudadanos sino que les piden simple y llanamente que confíen ciegamente, lo mismo que Bruselas les pide a ellos.
La ironía es que es esa misma opacidad, precisamente, la que ha creado una peligrosa “ideología sumergida”. No es el “euro-escepticismo” de los ingleses, que siguen pensándose si les merece la pena estar en Europa o no, sino la “euro-desconfianza” expresada por franceses y holandeses en los referenda del 2005, que dio al traste con la Constitución europea. Se trata de una situación insana en el sistema desconfía del ciudadano y el ciudadano desconfía por sistema. Así, sean cuáles sean los méritos del nuevo Tratado de Lisboa, quienes votaban ayer no los habrán apenas tenido en cuenta, ni para dar un “sí” ni para dar un “no”, y en esto su primer ministro, con su pereza lectora, representa a ambos campos.
En el caso de Irlanda hay un elemento añadido a la desconfianza. Este país ya pasó por la experiencia de votar “no” al Tratado de Niza en el 2001 para ver luego como, al año siguiente, el gobierno volvía a someterlo a referéndum y obtenía un “sí”. Cabe pensar que muchos votaron afirmativamente para evitarse tener que seguir yendo a las urnas el resto de sus vidas. Aquel fue un precedente lamentable, pero también una indicación muy clara de qué podría resultar de un “no” en esta consulta. A la hora de escribir este análisis se desconoce el resultado final, pero en cierto modo es lo mismo, porque es fácil pronosticar que, voten lo que voten los irlandeses, el tratado entrará en vigor. Y esto es así porque así se ha decidido. Quizás haya que llamarle de otra manera o cambiar algún aspecto menor, como se ha hecho con la Constitución. Más probablemente se permita a Irlanda mantenerse en la excepcionalidad (al fin y al cabo, los aspectos más importantes de Lisboa no serán aplicables antes del 2014). Pero lo que está claro es que, en contra de todos los clarines apocalípticos de estos días (destinados precisamente a forzar un voto positivo) Irlanda no tiene la menor posibilidad de frenar a los grandes países que ya han tomado su decisión y se han cuidado de no consultarla con sus electorados. Desde un punto de vista estrictamente geográfico, puede ser que la Unión Europea termine en Irlanda, pero está claro que, políticamente, no se va a acabar allí.