.........................................................................................................................................
.........................................................................................................................................
Horizonte lejano para el Tíbet
Miguel A. Murado
Según una vieja tradición tibetana, la novia debe protestar el día de su boda para demostrar su cariño a sus padres. Todo Tibet fue esposado a la fuerza con China en 1950. Desde entonces no ha dejado de protestar, pero de verdad.
Y sin embargo hay algo en la “tibetofilia”, el despliegue de solidaridad internacional por esta causa nacionalista en concreto, que requiere una reflexión. Más que un deseo de democracia, lo que parece mover al “lobby pro-Tibet” occidental es la preservación de una reserva espiritual, una Sangri-la como la que describió James Hilton en su novela Horizontes lejanos (1933), y que dio origen a la moda. Cabe preguntarse si seguir apoyando a un líder religioso no electo, el Dalai-Lama, como representante exclusivo de los tibetanos no es un obstáculo más que una ayuda. Por otra parte, presentar este conflicto como una lucha entre espiritualidad y materialismo no sólo es poco útil, sino además falso. Esta revuelta, de hecho, no es sólo contra la ocupación; tiene también un ángulo xenófobo (poco comentado) en el que se ataca a los chinos de etnia Han que se han instalado en los últimos años en el país. A algunos los han quemado vivos, como bonzos involuntarios (el budismo no es tan pacífico como parece cuando habla Richard Gere).
Curiosamente, a Pekín también le interesa presentar el conflicto en esos términos de “modernidad” frente a “atraso”. Alegan que la renta per capita aumentó un 17% el año pasado gracias a la nueva línea de ferrocarril a Lhasa, pero poca de esa riqueza ha ido a parar a los tibetanos y ese tren es una herramienta más de colonización.
Tibet debería tener el derecho a decidir su futuro, al margen de monjes o de burócratas. Pero, por desgracia, la región es esencial para China por muchos motivos, entre ellos que allí se encuentran nada menos que el 40% de sus reservas de hidrocarburos (en chino, Tibet se llama Xizang, “Depósito occidental”). Así que es difícil imaginar que la rebelión logre más que llamar la atención en el año olímpico. Si mal no recuerdo, Hu Jintao, el actuar líder chino, era secretario del Partido en Tibet durante la última gran rebelión, la de 1989. Aplastar otra vez a este pueblo desgraciado se le hará familiar.