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Italia: ¿Es la ley electoral?

Miguel A. Murado

En la Italia medieval existía un partido político llamado los arrabbiati (“los de la mala leche” sería una traducción aproximada). Pero incluso a ellos les habría parecido demasiado lo que ocurrió la semana pasada en el Senado italiano. A Nuccio Cusumano, el diputado de Udeur que rompió la disciplina de voto para apoyar al gobierno Prodi no es ya que le insultasen (“traidor”, le llamaban sus compañeros demócrata cristianos, e incluso “cornudo”, no se sabe por qué), es que le escupieron y le pegaron. Luego, cuando cayó el gobierno, se descorcharon botellas de champán (no es una imagen literaria, fue así). La palabra “Senado” significa etimológicamente “lugar de las personas mayores”, pero el de Italia parecía un patio de escuela.

Ahora todos miran al presidente de la República, Giorgio Napolitano, y vuelve, cómo no, a hablarse de la ley electoral, la excusa universal cada vez que hay una crisis. Los medios extranjeros repiten esa misma explicación: no es Italia la que es ingobernable, sino su parlamento, nacido de una mala ley electoral que privilegia a los partidos pequeños. Pero, ¿hasta qué punto es esto cierto?

Efectivamente, la ley es un disparate. Berlusconi la creó a tres meses de las elecciones como un traje a medida para sí mismo. Favorece a los pequeños partidos, es cierto, porque Berlusconi quería fomentar la tendencia de la izquierda a fragmentarse; pero también penaliza a los grandes partidos que no se coaligan (quería obligar a sus aliados a unirse a su carro). Incoherente, incomprensible e impresentable, la ley electoral tendrá que ser reformada.

Pero sería ingenuo creer que esto acabará por arte de magia con la crisis crónica de la política italiana. Los partidos están fraccionados porque la sociedad lo está y se expresa a través de ellos: un norte industrial, un centro con una fuerte tradición comunal, un sur… bueno, mejor dejarlo ahí. En Italia hay un pequeño partido alemán, el SVP, porque hay una pequeña comunidad alemana, y existen cuatro partidos socialistas diferentes porque existen cuatro tipos de socialistas diferentes.

El hecho mismo de que Silvio Berlusconi continúe siendo el eje de la política italiana no puede interpretarse sino como un síntoma de algo más profundo que una simple ley electoral. Berlusconi, que comenzó su carrera haciendo trucos de magia en cruceros turísticos, sigue logrando fascinar. Quizás haya algo cultural en ello: su aura de éxito atrae en un país obsesionado por los símbolos externos de la riqueza (el coche, el reloj, el traje). El último crecimiento económico de Italia se produjo más bien bajo el primer gobierno Prodi en los años 90, pero el efímero boom italiano se atribuye al hombre con los gemelos de camisa más brillantes y ahora mismo, Berlusconi vuelve a estar en la cresta de los sondeos.

Ni siquiera se trata de un enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, puesto que ésta estaba en la coalición de Prodi (y es la que lo ha hundido con sus escándalos de corrupción, junto con el sectarismo de la izquierda). Es que Berlusconi representa una anomalía institucional: el hombre más rico de un país que, cuando lo gobierna, hace leyes “unipersonales” pensadas para hacerle a él más rico y mantenerle blindado de esa fuerza magnética que le empuja hacia la cárcel por delitos fiscales.Si a ello sumamos que con él llegan siempre partidos extraños como la post-fascista Alianza Nacional y la Liga Norte (un partido xenófobo no ya con los extranjeros sino incluso con los italianos), se comprende que el presidente Napolitano dude como Hamlet. Algo huele a podrido en la política italiana, como decía el príncipe danés, y no es sólo la basura sin recoger en Nápoles.



Miguel A. Murado
Internacional : La Voz de Galicia

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