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La elección de las apariencias

Miguel A. Murado

Dos cosas son seguras en las elecciones argentinas de hoy: que no habrá apenas abstención y que el próximo presidente será una mujer. Lo primero está garantizado por la ley argentina, que hace del voto no un derecho sino una obligación. Lo segundo es evidente, en vista que tan sólo Cristina Fernández de Kirchner y Elisa Carrio tienen posibilidades de ganar, según las encuestas.

En concreto, la victoria de Fernández de Kirchner parece cantada, una vez que la provincia de Buenos Aires le ha dado su aprobación (un 60%, al menos, en la intención de voto). Puede que el voto sea obligatorio en toda Argentina, pero casi daría igual que no votasen más que los bonaerenses, cuya fuerza demográfica decide todas las elecciones. Fuera de ahí, al margen de este bastión tradicional del peronismo, la favorita Fernández de Kirchner no es la preferida. Todas las ciudades están contra ella, incluido el centro urbano de Buenos Aires y la casi antártica Río Gallegos, donde los Kirchner hicieron fortuna (él fue alcalde de esta ciudad) y de donde vienen los “pingüinos”, como se denomina al equipo que les rodea. Las ciudades, pequeños enclaves de clase media, prefieren Elisa Carrio.

¿Por qué? Se trata de una cuestión de perspicacia, de distinguir entre la realidad y la apariencia. Cristina Fernández de Kirchner es la apariencia. En primer lugar, es una apariencia física: su "Rolex" de oro, sus vestidos caros de diseño y su abuso intencionado del rimmel no son sólo cuestión de gusto personal. Son un mensaje directo de poder adquisitivo a la masa de votantes empobrecidos de la conurbación bonaerense, los que viven más allá de la circunvalación General Paz, que en Buenos Aires separa la pobreza de la riqueza (o, para ser más exactos, la miseria del “ir tirando”). Este votante percibe la evidente mejora en la economía. La temible deuda externa ha sido pagada, el crecimiento económico galopa a un fulgurante 8%, el desempleo ha disminuido, crecen las exportaciones y el país ha logrado salir de aquel agujero negro que fue el 2001, el año que iba a ser el de la “odisea en el espacio” y que para los argentinos fue la odisea en el desastre.

Este logro de Kirchner, lo hereda su mujer. Pero de nuevo esta es la apariencia. No hay pueblo en el mundo que sepa tanto de economía como los argentinos, y aquellos que disponen de información temen al futuro tanto como antes temían al presente. La inflación galopa todavía más rápido que el crecimiento. La oficina nacional de estadísticas, el INDEC, dice que está en un 9%, pero no hay quien se lo crea, incluidos los propios funcionarios del INDEC, que no hacía mucho se manifestaban en la calle para pedir que el gobierno les deje decir la verdad. La cifra más probable para la inflación es un 15 o incluso un 20%. Los precios se mantienen bajos de momento, pero es sólo gracias a la presión sobre los proveedores de alimentos y supermercados (acompañada de eventuales amenazas). Los precios del gas y la electricidad están también congelados por ley desde que se devaluó la moneda. Pero estas tácticas, que tuvieron su razón de ser y funcionaron, amenazan ahora, de no corregirse rápido, con arrastrar al país a una espiral inflacionista y al deterioro de los servicios básicos. Hace años que las compañías de gas y electricidad no invierten en infraestructuras y este invierno son los argentinos podrían congelarse más que los precios. El verdadero arquitecto de la política económica de Kirchner, Roberto Lavagna, se presenta como candidato contra la mujer de éste. Por algo será.

Pero Cristina Fernández Kirchner no discute de estas cosas. No concede entrevistas a los medios argentinos y es la primera candidata en la historia que no organiza ruedas de prensa. Sus mítines son vacíos ejercicios retóricos en los que se apela a lo que siempre ha sido la base del peronismo: la admiración por el poder (Perón) y la riqueza (Evita). El mensaje es el “Rolex” de oro.



Miguel A. Murado
Internacional : La Voz de Galicia

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