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Lágrimas y votos
Miguel A. Murado
Para un europeo las elecciones primarias norteamericanas resultan justamente eso, algo primarias: más que una competición entre programas son un pase de modelos en el que, como en la pasarela, se trata de mantener la figura y de no tropezar. La política norteamericana es, en gran medida, relaciones públicas, y las primarias no son sino un agotador ejercicio forzado de simpatía. Puede parecernos primario, pero es consecuente con una república profundamente presidencialista en la que el inquilino de la Casa Blanca no es un primer ministro, sino un manager, un viajante de comercio de lujo.
Es por eso que resulta tentadora la idea de que fueron las lágrimas de Hillary (sinceras o no) las que la han devuelto a la cabeza de la carrera. Pero aunque tentadora, la idea es improbable. También podría pensarse que lo que han castigado los electores demócratas es la autocomplacencia, primero en Hillary y ahora en Obama. Pero no parece que sea el caso. Todo indica que ha sido el voto decidido, y no el de última hora, el que ha dado la victoria a Clinton. Hillary se beneficia del voto femenino y familiar (es una candidata conservadora). Los jóvenes, que favorecieron a Obama en Iowa, han sido perezosos en New Hampshire. Con una economía en recesión el voto es menos político (Iraq sólo es importante para un tercio de los demócratas) y Hillary se presenta como gestora. Pero sobre todo Obama va a tener dificultades, porque la mayor parte de sus seguidores son independientes, es decir, no miembros del partido, y en muchos estados no pueden ni siquiera votar en las primarias.
Aún así, no todo es racional y existe un elemento impredecible. Si los comicios europeos están dominados por el prejuicio, los norteamericanos lo están por la corazonada, mucho más cambiante. Sobre todo si pensamos que aquí la secuencia afecta al resultado. Como en el juego de la oca, el éxito de cada tirada depende de la posición lograda en la tirada anterior. Este sistema (herencia de una época en la que no existía la televisión) hace que los hechos más insignificantes condicionen los resultados. Es pronto todavía, pues, para que unas lágrimas afecten seriamente a los resultados, pero todo se andará. Y lágrimas y sonrisas serán entonces muy sinceras.