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La moda de perpetuarse
Miguel A. Murado
Una cosa no ha cambiado desde los zares: el poder ruso siempre ha pasado de mano en mano. En la antigua URSS se lanzaba hacia atrás, como el rugby (cada mandatario era más anciano que el anterior). En la nueva Rusia, en cambio, al presidente se le elige, pero desgraciadamente lo elige una sola persona, Vladimir Putin. Putin escoge a Medvedev para que sea presidente y Medvedev propone a Putin para primer ministro. Es como el “me dejas y te dejo” que practican algunos jóvenes en la cola del autobús. Simple, legal, simpático.... Lo único que impide considerarlo una tomadura de pelo es que el pueblo ruso está conforme.
Por lo menos hay que reconocerle a Putin su solución novedosa a este problema de cómo seguir ahí siempre, que obsesiona a tantos políticos incómodos en el corsé de la democracia. En este sentido, el intento de Chávez de reescribir su propia Constitución para prolongar su mandato es casi lo menos original que hemos visto. ¿Qué decir de los hermanos Kaczynski, que llegaron a reunir presidencia y gobierno bajo un mismo código genético? ¿Y de Argentina, donde la alternancia en el poder es tan íntima que no sale de un dormitorio conyugal? Néstor le ha pasado a Cristina la presidencia como si le hubiese pasado la mantequilla en el desayuno y tan sólo el divorcio impedirá que en unos años Cristina se la devuelva a Néstor. ¿Qué decir, en fin, de Estados Unidos, con esa secuencia Bush-Clinton-Bush-Clinton que parece un serventesio de rima alterna consonante?
Perpetuarse en el poder siempre había sido típico de los dictadores. Pero, por lo que parece, se está convirtiendo en una moda también entre los presidentes democráticos.