Miguel Murado
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LA PARADOJA DEL DISCURSO RACIAL

Miguel A. Murado

Más pronto o más tarde se esperaba que la campaña electoral norteamericana tomase un giro más agresivo, y aquí está. Al menos dos factores lo han precipitado: uno, la entrada en el equipo de de McCain de antiguos colaboradores de Karl Rove, el para muchos siniestro asesor de imagen de Bush. Hablamos de gente como Steve Schmidt, el artífice de la campaña sucia contra el senador demócrata Harold Ford en el 2006. El otro factor es, por supuesto, la apoteosis de Obama en Berlín. Su discurso ante 200.000 personas, cuidadosamente coreografiado para recordar el famoso “Ich bin Ein Berliner” de Kennedy, tenía que hacer saltar las alarmas en el cuartel general de McCain. Porque el problema de McCain es precisamente la “visibilidad”. El lector no tiene más que contar mentalmente cuántas veces ha visto su rostro en televisión y el de Obama.

La nueva estrategia de Schmidt intenta convertir en fuerza esa flaqueza: Obama, dice el nuevo mensaje, es “demasiado” famoso. Se trata de una idea ciertamente audaz en una sociedad que idolatra la fama. Pero Schmidt sabe que, en la fama, hay paso del amor al odio (de ahí la elección de Britney Spears para el famoso anuncio). Respuesta demócrata: Obama es más famoso porque es algo nunca visto hasta ahora. Contrarespuesta republicana: Presume de ser negro o, en lenguaje políticamente correcto, “utiliza la cuestión racial”.

Y ahí está la paradoja de esta campaña: la cuestión racial está en el centro y a la vez no existe. El tabú que impide mencionarla la convierte en algo subterráneo y omnipresente. Irónicamente, se la menciona constantemente, ya que la palabra inglesa que la designa, “race”, también significa “carrera” o “competición”. Pero, a la vez, este no-debate se plantea en términos insólitos, porque Obama rechaza hablar en nombre de los afro-americanos, lo que irrita a algunos de ellos (un seguidor le ha increpado en público por eso) y desconcierta a sus rivales. Su raza es, en definitiva, una ventaja precisamente porque Obama renuncia a utilizarla en su discurso político y porque el tabú que impide discutir cuestiones étnicas protege un flanco mucho más vulnerable del candidato demócrata: la condición de musulmán de su padre. Al menos, por ahora. Porque Schmidt ya está a los mandos…



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