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La primera no-dama
Miguel A. Murado
Bastan diez minutos de visionado de cualquier película o telefilme norteamericano para comprender que la familia es una obsesión. En este sentido, la mujer de Barack Obama ha sido importante para su imagen, en primer lugar por simple el hecho de no haber tenido otra antes. En Estados Unidos la familia no es un valor conservador, sino popular (lo que no es exactamente lo mismo), el último refugio de una sociedad dura y competitiva.
Otro aspecto contraintuitivo de la cultura norteamericana es que, incluso entre los conservadores, la idea de la “esposa perfecta” no se corresponde con la de una mujer pasiva. Y ahí es donde Michelle Obama ha contribuido aún más decisivamente a la campaña de su marido. Ella ha sido la alternativa popular al elitismo mal disimulado de Hillary Clinton, ella ha sido la rabia mal contenida de la clase trabajadora de la que procede y que Barack Obama tenía que evitar cuidadosamente. A Sara Palin la han castigado sus propios correligionarios por salirse de los guiones que le mandaban leer; Michelle Obama ha escrito los suyos desde el principio. Ha hablado abiertamente de sus crisis matrimoniales, ha ridiculizado el culto a su marido (“Si pensáis que es el Mesías vais listos”), incluso ha dicho que no cree demasiado en la política. Ha llegado a poner nerviosos a los directores de la campaña demócrata, pero al final ha demostrado que la mejor manera de ejercer de primera dama es negarse a serlo. “A lo único que me comprometo” dijo en un mitin “es a estar en casa a la hora de dar de cenar a las niñas”.