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Londres, de un excéntrico a otro
Miguel A. Murado
En todo el mundo el nombre “Ken” está asociado al glamour superficial de la famosa muñeca Barbie. En todo el mundo salvo en Gran Bretaña, donde el “Ken” por antonomasia es “Red Ken”, Ken “El Rojo”, Kenneth Robert Livingstone, el alcalde izquierdista de Londres, excéntrico y gourmand (cría lagartijas en su finca y ha sido crítico gastronómico), que ahora acaba de perder su alcaldía.
No ha sido por su excentricidad, si hemos de juzgar por quién le ha ganado: el todavía más extravagante Boris Johnson. Descendiente de un ministro del imperio otomano, ciudadano estadounidense hasta hace poco, todo en Johnson es polémico, desde su incomprensible corte de pelo a su asociación con el Partido Conservador, al que no parece tomar en serio. Johnson ha hecho felices a los tabloides con sus frases, en las que ha ofendido posiblemente a todos los grupos humanos posibles: homosexuales, habitantes de Liverpool, musulmanes, mujeres e incluso a Nueva Guinea-Papúa (comparó el “canibalismo” interno de su partido con el que, según él, se practica en ese país). “Votarme es estar más cerca de conducir un BMW” quizá sea su eslogan más conocido.
Y sin embargo, Londres no es ninguna broma. El alcalde tiene un poder relativo, pero la ciudad no: Londres genera la quinta parte del PIB británico y el 15% del empleo. Su metro cuadrado está entre los más caros del mundo, por lo que la crisis inmobiliaria va a golpear a la ciudad especialmente. En cuanto al empleo, más de la mitad depende de grandes firmas privadas, en particular en dos sectores especialmente vulnerables: el financiero y el de las comunicaciones. El reto que se le presenta ahora a Boris Johnson es conseguir mantener en marcha el proyecto Crossrail y rentabilizar las Olimpiadas del 2012 sin llevar a la ciudad a la bancarrota. Y no va a ser fácil.