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Los dos Luther King
Miguel A. Murado
¿Qué ha cambiado en América desde el asesinato de Luther King? Al menos ha cambiado la imagen del propio King. Mientras para la muchos blancos sigue siendo un icono del progresismo de los 60, los historiares han erosionado su mito hasta coincidir con los norteamericanos negros, para quienes King siempre ha sido problemático.
Lo era ya entonces. Más que el creador de un movimiento, King fue un portavoz sin demasiado poder dentro de él. En contra de la leyenda, no planeó el boicot de Montgomery que marcó el comienzo de la lucha. Su organización, la SCLC, era muy minoritaria, y casi todas las acciones corrieron a cargo de un grupo rival con el que King se llevaba mal: el CORE. Nadie le negaba su talento oratorio, pero tanto su moderación como su liderazgo fueron siempre cuestionados, y no sólo por los radicales de Malcolm X.
El famoso discurso de Washington (“Tengo un sueño”) fue a la vez la apoteosis y el comienzo del declive de King. Su aspiración de una simple igualdad legal había sido tan moderada que se logró pronto y el movimiento se deshizo. Fue entonces cuando King, ya sólo, dirigió su atención a Vietnam y la pobreza, dos asuntos en los que no podía contar con la complacencia de Washington. El sermón que escribía cuando fue asesinado se titulaba “Por qué América se puede ir al infierno”. Pero, atrapado en su imagen de ultra-moderado, no convencía sus hermanos, que ya tomaban otra dirección. Pocos días antes de su muerte, King había sido agredido en Memphis por militantes negros radicales.
Cuarenta años después, los afro-americanos se ven más reflejados en quienes le atacaban que en King. La epidemia de “crack” en los 80, que criminalizó a la juventud negra, ha favorecido una cultura de la ira (“hip-hop”, “gansta-rap”). En la universidad, el discurso dominante es el culto de la diferencia. El famoso discurso del “sueño” de King, que utiliza la palabra tabú negro, no podría publicarse hoy por políticamente incorrecto.
También el racismo se ha ido al lenguaje. Se expresa criticando la cobertura social, acusada, sin fundamento, de favorecer la pereza. También muchos investigadores progresistas, siguiendo la política identitaria, buscan causas culturales más que raciales para explicar la barrera social, como el desproporcionado número de mujeres solas con familia.
Irónicamente, una de esas mujeres, Ophra Winfrey, es la más rica de América. Por una parte el índice de paro dobla al de los blancos y la diferencia de salario es mayor ahora que en tiempos de King, cuando la industria estaba en su apogeo en Chicago y otras ciudades. Por otra parte, han surgido una clase media y alta que antes no existían. La mitad de las familias negras tienen vivienda propia y, contrariamente a la creencia, los negros están infra-representados en el ejército. También lo están en los cargos políticos, pero quizá pronto uno de ellos será presidente… El Luther King del “sueño” estaría satisfecho; el que quería acabar con la pobreza, no.