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Medvediev, Deep Purple y los misteriosos números redondos
Miguel A. Murado
Para empezar veamos una escena significativa y luego vamos con las matemáticas. La escena ocurrió en la macro-fiesta que Dimitri Medvedev, ofreció a 6.000 ejecutivos del gigante energético que preside, Gazprom. Gazprom es la joya de la resurrección rusa en la Era Putin y controla un tercio del gas mundial. Para celebrarlo qué menos que interrumpir la gira de Deep Purple y llevarse a los casi ancianos rockeros británicos a Moscú. Ya puestos en la nostalgia setentera, también fue Tina Turner. Según un testigo, cuando Deep Purple pidió que por lo menos les animasen, todo lo que lograron de los burócratas encorbatados fue el inconfundible aplauso monocorde de las viejas reuniones del PCUS. Y cuando Tina Turner espetó su famoso: “¿Estáis todos bien?”, en vez de gritar “¡Sí!” los hombres de Medvedev asintieron dócilmente en silencio, mirando al jefe. Deep Purple, Tina Turner… No son los gustos de un reformista radical. No hay que esperar sorpresas de Medvedev, ni siquiera en su elección.
Porque está claro que Medvedev va a ganar hoy. Los rusos no tienen otra opción, ni en el sentido literal ni en el figurativo. Objetivamente, Putin ha rescatado a Rusia de la jungla neoliberal de Yeltsin, la ha restaurado como potencia mundial y, sobre todo, ha renacionalizado empresas como Gazprom, a menudo mediante el expeditivo procedimiento de encarcelar a los oligarcas que las compraron en la Jauja de los noventa. Rusia está mucho mejor que hace ocho años, pero a costa del retroceso de las libertades y la sustitución del fraude económico sistemático por el político. Por eso los rusos no tienen otra opción tampoco en sentido literal.
Y aquí entran las matemáticas. La incompetente OSCE ya ha dicho que no enviará observadores a las elecciones. Ni falta que hace. Bastaría con que se fijasen algo en los resultados de anteriores comicios. En ellos se da un extraño fenómeno: la abundancia de números redondos. Maxim Pshieníchnikov se ha tomado la molestia de hacer un gráfico que demuestra el fraude. Sin entrar en tecnicismos, en cualquier elección los datos deberían seguir lo que se llama una “campana de Gauss”. No importa cómo vote la gente, es una ley universal; una ley universal que no se aplica a Rusia. Tan sólo a los gobernadores semianalfabetos no les parece raro que el partido de Putin obtenga casi siempre resultados acabados en 0 ó en 5. Según el cálculo de Pshieníchnikov, Rusia Unida debería tener sólo 277 escaños, sin mayoría absoluta. En vez del 63% oficial de participación en las últimas legislativas, ésta haya sido del 50.2% y el resto es “pucherazo”. ¿Tendrán más cuidado esta vez? No es probable. He mirado la serie desde 1996 y las anomalías aumentan en cada elección.
Por eso, en el último debate Clinton-Obama, cuando a Hillary le preguntaron por “el nombre del próximo presidente ruso”, no tuvo problemas con el nombre, sólo con la pronunciación (la “e” rusa se dice “ie” a veces, como en Lenin, que en realidad es Lieñin). La respuesta lógica hubiese sido: no lo sé, todavía no lo han elegido.
Sí, ya lo han elegido, y la empresa que tiene el monopolio de las fotografías presidenciales enmarcadas, para las decenas de miles de despachos oficiales que hay en toda la Federación Rusa, lleva ya meses imprimiendo la foto de Medvediev. El único que ya ha dicho que no la pondrá en su despacho es, precisamente, Putin, que va a ser su primer ministro. Es una primera señal de orgullo que habrá que seguir con atención. Ése es, en realidad, el único misterio de estas elecciones: no quién va a ser elegido sino quién va mandar. En estas elecciones, son dos cosas distintas.