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Norteamericanos e iraníes, cara a cara
Miguel A. Murado
Finalmente, y tras varias semanas amenazas más o menos veladas, Irán y la mayor parte de sus detractores se han reunido para dialogar en Ginebra. De una parte estaba el negociador iraní para asuntos nucleares, Said Yalili; de la otra Javier Solana, en representación de los países europeos que tienen asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, además de otros diplomáticos de países interesados, entre ellos, y esta era la gran novedad, Estados Unidos, que envió a William Burns, número tres del Departamento de Estado.
Es la primera vez que Washington habla con Teherán desde 1979, aunque lo que se dice hablar, Burns no ha hablado en toda la reunión. Ni siquiera asistió más tarde al almuerzo entre Yalili y Solana. No es que estuviese a dieta, sino que quería marcar claramente las distancias entre una “presencia” en la negociación y un “diálogo” con Irán. Esa presencia es, en cualquier caso, enormemente significativa, y viene a confirmar el giro casi copernicano de la política exterior norteamericana en este último año del presidente Bush. Siguen bajando los “neo-con” y subiendo los “realistas”. El vicepresidente Dick Cheney, representante de los “halcones”, ha sido apartado definitivamente a favor de la política relativamente más dialogante de Condolezza Rice. Ésta ya convenció hace dos años al presidente Bush de que aceptase hablar con Corea del Norte después de que ésta hiciese estallar un supuesto artefacto nuclear en el 2006. Desde entonces, el conflicto con Pyongyang simplemente se ha esfumado.
El mismo mecanismo se ha puesto en marcha ahora, tras las dos pruebas de misiles realizadas por los iraníes. Aunque hay muchas dudas sobre el peligro que pudieran representar estos misiles Shabab-3 (precisamente una copia del Nodong norcoreano, considerado poco más que como un Scud algo sofisticado), esto no importa mucho. El Shabab-3 ha dado en el blanco psicológico al lanzarlo Teherán el día de la reunión del G-8 en Japón. Un sector del Pentágono tienen tendencia a acusar a sus rivales de “no entender otro lenguaje que el de la fuerza” pero está claro que éste también es su caso.
También Teherán ha moderado su actitud. Ali Akbar Velayati, el antiguo ministro de Exteriores, declaró hace pocas semanas que hay que buscar un acuerdo, desautorizando al presidente Ahmamideyad. Todos saben en Irán que Velayati es la mano derecha del Líder Supremo, Ali Jamenei, que es realmente quien manda en el país. La teoría es que se podría ir abriendo camino de momento y esperar a ver qué ofrece el probable próximo presidente americano, cuyo nombre, Obama, significa por casualidad en persa nada menos que “él está con nosotros”.
De hecho, la reunión de ayer no ha tenido ningún resultado, pero esto ya se esperaba. La oferta de Solana, como siempre, no es muy ingeniosa: una congelación de más sanciones por una congelación del programa de enriquecimiento de uranio. Pero a los iraníes lo que les interesaba era ver con sus propios ojos que Solana no sólo defiende los intereses de Estados Unidos (generalmente, más que los de la UE) sino que además Washington acatará lo que él firme. La última vez que Solana fue a negociar a Teherán no llevaba más que una carta firmada de Condoleezza Rice y cuentan que los iraníes llegaron hasta el extremo de estudiar la firma con una lupa para asegurarse de que no era falsa, tal es la confianza que despierta el diplomático español en Oriente Medio. La presencia silenciosa de Burns en la mesa de Ginebra ayer era esa firma de Washington en la oferta de Solana. Las negociaciones de verdad empezarán en dos semanas y, casi con toda seguridad, tendrán éxito, porque conviene a todas las partes implicadas.