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Pandora vive en Belgrado
Miguel A. Murado
Los jóvenes serbios que intentaron cruzar el viernes el puente de Mitrovica al grito de “¡Matemos a todos los albaneses!” portaban una bandera española, además de la serbia, que ni siquiera era la oficial sino la de los extremistas chetniks de la Guerra Mundial. Esos son “los nuestros”, los rebeldes a los que España (junto con Chipre y Bulgaria) ha dado su apoyo en la UE. Ya han incendiado cinco embajadas, matado a una persona y asaltado dos puestos fronterizos. Intentan a toda costa provocar una guerra civil en Kosovo, y sus líderes prometen que esto es sólo el principio. Las tropas de la ONU han podido frenarles, pero si países como España siguen desacreditando su misión, es posible que los cascos azules acaben yéndose a una neutralidad fácil, como la que permitió las matanzas en Bosnia.
Mientras tanto, en Kosovo mismo, todo está en calma. Los kosovares siguen ignorando las provocaciones, por ahora. No sólo no se han entregado a ningún exceso sino que su presidente, Hashim Thaci, ha disculpado el comportamiento de los serbios como “un residuo de la era Milosevic”.
Como era de prever, los que pronosticaron que la independencia de Kosovo abriría la Caja de Pandora se ven ahora en una postura incómoda, porque ha vuelto a demostrarse que Pandora vive en Belgrado. No es casual que los estallidos de violencia se den en el norte, allí donde Serbia puede generarlos, como sucedía en la época de Milosevic. Por eso anteayer la República Srpska (autónoma dentro de Bosnia) amenazó con la secesión: intenta dar una imagen de inestabilidad a lo que, de momento, transcurre con calma. A diferencia de Kosovo, estos independentistas serbo-bosnios son una minoría en su país; una minoría que, por cierto, mató a más de 100.000 personas para impedir ese derecho que ahora reclaman. En cuanto a Rusia, ha hecho la vieja jugada del “error de traducción”: el jueves dijo que podría “responder militarmente” y el viernes que eso en ruso quiere decir “por medio de la diplomacia”.
El verdadero problema no es ahora Kosovo, sino Serbia, y como traer a este país castigado con líderes irresponsables de regreso al siglo XXI. La UE intentó estos días largarle un cabo, proponiendo un preacuerdo para un futuro ingreso en la Unión, pero Belgrado lo rechazó en un ataque de orgullo que puede salirles caro, puesto que el 60% del comercio serbio es con la UE. La cosa se complica, además, porque pronto habrá elecciones municipales y, en este clima de nacionalismo desatado y con el gobierno Tadic-Kostunica tambaleándose, Serbia podría votar en masa por el ultra Nikolic, de profesión enterrador (literalmente). La inestabilidad estaría entonces casi garantizada. Si fuese así, sólo queda confiar en que la bandera española no ondee sobre las primeras matanzas y que, al menos esta vez, nos olvidemos del Plan Ibarretxe y aprendamos a identificar a los verdaderos culpables.