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Supermartes: la hora de la fontanería
Miguel A. Murado
Es natural que el duelo Obama-Clinton atraiga toda la atención de la prensa. Es natural y, por otra parte, resultará muy beneficioso para los demócratas en noviembre, porque tanta expectación empieza ya a dar la impresión de que lo que se elige en sus primarias no es un candidato sino un presidente (o presidenta).
Y sin embargo, merece la pena prestar también atención a la carrera electoral republicana, menos rutilante pero no menos llena de sorpresas e implicaciones. Si hubo un vencedor el en último “supermartes”, en cualquier partido, fue precisamente McCain, que sumó tal cantidad de compromisarios que está ya a punto de proclamarse candidato. Pero ¿candidato de quién? Ésa es la cuestión que atormenta a los conservadores norteamericanos.
McCain ha arrasado porque el sistema de elección republicano es diferente al demócrata: el que vence en un estado se lleva todos los delegados. Esto enmascara el hecho evidente de que McCain no cuenta con el apoyo de grandes sectores de su propio partido. Se le ve como demasiado “liberal” (izquierdista, en el vocabulario político norteamericano) y, sobre todo, no gusta su actitud comprensiva hacia la inmigración. Por eso ha ganado, por ejemplo, Nueva York, un Estado importante pero anti-Bush, donde además contaba con el apoyo del (inmerecidamente) carismático Rudolph Giuliani, derrotado nada más salir al ring. En los Estados del núcleo duro republicano (Tennessee, Georgia, West Virginia, Alabama) “el profundo sur”, en cambio, ha preferido al predicador Mike Huckabee, una especie de candidato “country” que se ha convertido, inesperadamente, en la clave del campo republicano.
Huckabee no puede ganar, pero está quitando votos al millonario Romney, el otro conservador en liza, y se puede empezar a sospechar que lo que busca es entrar en el “ticket” republicano como vicepresidente de McCain. Esto sería bueno también para el senador, que podría así atraerse el voto evangélico que ahora le rehuye (más bien, le detesta).
También en el campo demócrata conviene olvidarse por un momento de los votos y echar un vistazo a las estrategias. Hillary no ha sufrido el batacazo que se esperaba, y al final se ha llevado Nueva York (esto era de esperar) y California, donde la ha favorecido el voto hispano, que curiosamente se está convirtiendo, quién lo iba a decir, en el nuevo “voto racista” de Estados Unidos. Tampoco parece haber surtido efecto el apoyo del clan Kennedy a Obama en el “blanquísimo” y rico Massachusets.
Pero el sistema de elección demócrata le ha permitido a Obama llevarse sus delegados, y no son pocos. Lo más importante de todo, Obama ha ganado en Estados donde suele haber empates en las presidenciales, como Minnesota, Colorado y Missouri, lo que vuelve a presentarle como el demócrata con más posibilidades. Estas son las verdaderas malas noticias para el equipo de Clinton. Hillary sigue teniendo el mismo problema: tiene el voto hispano, el voto femenino, el moderado, el de los que se preocupan de la economía, pero es tan odiada por los conservadores que su candidatura haría que toda la derecha se uniese para impedir que vuelva a entrar en la Casa Blanca.
Tanto republicanos como demócratas, pues, parecen abocados a un complicado mercadeo entre bastidores, al que sin duda ya se están entregando sus fontaneros y asesores. Al fin y al cabo, los abogados eran mayoría entre los signatarios de la Declaración de Independencia y Estados Unidos es, sobre cualquier otra cosa, un país de abogados.