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Un buen entendimiento lleno de desacuerdos
Miguel A. Murado
Algún croata malévolo habrá sonreído al oír al presidente Bush, el sábado en Zagreb, felicitar a su país por haberse librado de la tiranía de Tito para, acto seguido, tomar el avión que debía conducirle a Sochi (Rusia). Sochi era donde veraneaba Tito, precisamente en el mismo edificio en el que lo hace el presidente de Estados Unidos. No muy lejos está la mansión Stalin, con su piscina de agua salada (le tenía miedo al mar) y sus escaleras y puertas diseñadas especialmente para su estatura (1,67). Algunos piensan que Vladimir Putin ha retomado algo de la manera de trabajar de Stalin, pero lo que es seguro es que ha retomado su manera de divertirse.
Paseando entre las palmeras subtropicales de Sochi, Bush y Putin tendrán una última oportunidad de hacerse oídos sordos. Durante estos años, ambos han asegurado ser muy amigos, y es cierto que Putin es el mandatario con el que más veces se ha entrevistado Bush (excluido, naturalmente, Tony Blair, a quien algunos han llegado a confundir con su secretario particular). Esa afinidad, sin embargo, no se ha traducido nunca en ningún acuerdo. No se puede decir que el que dejan estos dos hombres sea un gran legado de entendimiento entre las dos superpotencias.
Es más, el tandem Bush-Putin, intencionadamente o no, ha erosionado por sistema todos los acuerdos de los últimos cuarenta años. La única excepción sería el Tratado de Moscú del 2002 sobre arsenales nucleares, pero para el que no se han creado mecanismos de control. El Tratado para la Reducción de Armas Estratégicas expirará el año que viene sin que se haya hablado de una renovación. Por si fuera poco, Washington abandonó el Tratado de Misiles Balísticos de 1972, y otro tanto hizo Moscú con el de Fuerzas Convencionales. Lo único que han dejado en pie estos dos presidentes es el más que modesto Tratado de Pruebas Nucleares de 1963. La carrera de armamentos ha regresado de puntillas y nadie sabe cómo ha sido.
Así, no es de extrañar que Rusia vea con aprensión la expansión militar de Estados Unidos en Croacia, Albania, Polonia, Chequia, y quizás pronto en Ucrania y Georgia. Putin podrá explicarle a su invitado por qué se siente incómodo con la idea de que también se instalen misiles en este último país. “Georgia es eso”, podrá decirle a Bush, señalando la costa vecina a Sochi, envuelta en la calima. Bush reconocerá, seguramente, que es cierto que queda un poco cerca y ambos pasarán entonces a repetirse lo bien que se entienden y la gran amistad que les une para, de vuelta a sus despachos mañana, seguir ignorándose.