Miguel-Anxo Murado
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Un primer ministro con mala suerte

Miguel A. Murado
 
Cuando le preguntaron a Harold Macmillan por lo más difícil de gobernar, el entonces primer ministro respondió: "Events, my dear boy, events" (los imprevistos, mi querido amigo, los imprevistos). La frase ha quedado en el vademecum político británico y el actual primer ministro Brown la debe andar rumiando a diario. Desde Macmillan, ningún gobernante británico había sido tan golpeado por los imprevistos y hace casi tanto que un líder laborista no obtenía unos resultados tan malos. 
 
Lo sorprendente es que nada permitía presagiar este desastre cuando Tony Blair se retiró para hacerle sitio a Brown, pero la mala suerte se ha cebado con este hombre seco y honrado de fuerte acento escocés, tanto como la buena suerte favoreció a Blair, también escocés pero sin la sequedad ni el acento (ni tampoco la honestidad política). Esa mala suerte roza la sospecha de mal de ojo: desaparición de un disco compacto con datos personales de centenares de miles de contribuyentes por un error de correos seguida de otro suceso parecido poco después, quiebra del banco Northern Rock, uno de los más importantes del norte de Inglaterra, escándalos personales de sus ministros... Casi nada de lo que le pasa a Brown es culpa suya, pero la política es tanto hacer como parecer, y Brown parece ahora mismo un incompetente. Su falta de carisma no ayuda, hasta el punto de que sus asesores le llegaron recomendar que dejase de sonreir en público porque su sonrisa parecía falsa.
 
Si no lo era entonces, lo será ahora. No es sólo una derrota electoral, los laboristas han cedido feudos casi inexpugnables como el norte y Gales. La pérdida de Londres, que ayer parecía probable, coronaría el desastre, porque supondría desautorizar no sólo al ala oficialista del partido sino también la radical del actual alcalde Ken Livingstone. Proyectos cruciales para la imagen laborista, como el ferrocarril urbano Crossrail o las Olimpiadas del 2012, quedarían en manos de los conservadores a tan sólo dos años de las generales.
 
Pero el líder conservador, David Cameron, era ayer inteligentemente cauto. Sabe que el voto de castigo podría haberse consumido en estas elecciones relativamente poco importantes (los ayuntamientos británicos no tienen demasiado poder), y sabe que él no ha afirmado aún su liderazgo. Lo que no cabe duda es que Brown si ha destruido el suyo. Tiene tan sólo hasta el congreso del otoño para convencer a su partido que no ha sido de forma irreversible.



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