Miguel-Anxo Murado
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Un segundo Lincoln para refundar América

Miguel A. Murado

 

 

 

Suele decirse que todos deberíamos votar en las elecciones norteamericanas porque su resultado afecta a todo el Planeta. En éstas no podremos votar todavía pero en cierto modo sí que hemos podido presentar un candidato. Porque Barack Obama es el primer auténtico líder de un mundo globalizado, el producto del siglo XXI. La retahíla se ha contado ya muchas veces: Nacido en Hawai, madre norteamericana, padre keniata, criado en Indonesia… Es normal que la cuestión de la “raza” (sea eso lo que sea) se haya derretido nada más tocarla. En un país en el que uno debe todavía indicar en algunos formularios si es “caucásico”, “de color” o “hispánico”, Obama simplemente se sale del guión. “Soy de Vulcano” zanjó durante la campaña, en referencia a uno de los planetas imaginarios de la serie Star Trek. Para algunos su cosmopolitismo lo convierte en un no-americano, para muchos otros es precisamente el símbolo perfecto de una nación de inmigrantes y refugiados.

Pero mucho más interesante que esta pobre obsesión con la melanina es su otro cosmopolitismo, el vivencial, el intelectual. Curiosamente, hay que leer a sus enemigos para entender hasta qué punto Obama es un personaje más rico en complejidades de lo que deja entrever la meliflua propaganda demócrata. No, su padre no era musulmán, era ateo, lo mismo que su madre. No, Obama no se educó en el Islam en Indonesia, pero sí trató de cerca a los musulmanes, esa gente que McCain o George W. Bush sólo conocen de verlos en el cine haciendo de malos. No, Obama no es un “liberal radical” (como se llama allí a los izquierdistas), de hecho su línea es más bien la de un “nuevo demócrata”, un miembro del ala moderada del partido. Pero sí es cierto que el mentor de Obama en su adolescencia fue el poeta comunista Frank Marshall Davis, amigo de su madre. Obama ha leído a Marx y a Malcolm X, ha asistido a mítines socialistas y es amigo del intelectual palestino Rashid Khalidi. No es que esté de acuerdo con ellos, pero al menos se los sabe. Por eso resulta irónico que John McCain le acuse de carecer de su experiencia en política internacional. Obama conoce algo más que la política internacional, conoce el mundo, mientras que McCain sólo ha vivido en un país, Estados Unidos, y bombardeado otro, Vietnam…

Un amigo norteamericano me decía entusiasmado: “es lo mejor que hemos tenido desde Abraham Lincoln”. Y en efecto, Obama, cuyo nombre de pila significa en swahili “el que ha sido bendecido”, ha sido bendecido con el don de la palabra. Su ascenso arrancó de un solo discurso, pronunciado en el año clave de 2004, cuando los demócratas estaban hundidos en el fango. Tampoco la referencia a Lincoln es casual. El propio Obama quiso forzar la comparación cuando anunció su candidatura en Springfield, Illinois, el lugar donde Lincoln pronunció su famoso discurso de “la casa dividida”. También él fue un outsider, un abogado cuyo talento principal era la oratoria y que se hizo con la presidencia porque el país estaba dominado por una crisis. Muchos americanos esperan que Obama sea un segundo Lincoln que una al país, y por eso se calcula que más de un 20% de republicanos podrían darle su voto.

¿Será Obama ese segundo Lincoln? Con un poco de suerte no, porque lo cierto es que el idealista Lincoln fue un mal gestor y peor estratega que murió asesinado antes de concluir su proyecto (una sombra ésta que vuelve a planear). Por el contrario, Obama es un gestor experimentado, curtido en la “ciudad del viento”, Chicago, uno de los escenarios políticos más duros del país, el microcosmos donde confluyen el sueño americano y su pesadilla. Si uno mira su trabajo en el senado estatal, mucho más interesante que su posterior carrera en Washington, encontrará ahí el germen de un proyecto político radical: lucha contra la corrupción, sistema sanitario público, derechos humanos… Su trayectoria no tiene nada que ver con demócratas como el matrimonio Clinton o Al Gore, vástagos de familias adineradas forjados en clubs universitarios de debate, cócteles y convenciones. Obama es un activista de la base, el equivalente americano de un abogado laboralista. Es ahí, por cierto, donde hay que situar su adscripción religiosa, como una forma de integrarse en el asociacionismo popular y en una tradición progresista que, contra lo que muchos piensan, siempre ha formado parte del tuétano de ese país.

¿Qué cambiará si Obama es elegido? No tanto como esperan algunos, sin duda. Ni Obama es un revolucionario ni Estados Unidos es una dictadura en la que el presidente lo determine todo. La campaña “modela” al candidato y Obama comenzó la suya con la metáfora de todas las renuncias: dejar de fumar. Pero tiene la oportunidad de hacer lo que hizo Lincoln, refundar América. Nada menos. Eso se verá. Lo que es seguro es que una cosa sí que va a cambiar en el resto del mundo: la injusta actitud hacia este país que un día fue el exagerado símbolo de la libertad y que llegó a convertirse en el exagerado símbolo de la opresión. Si Barack Obama entra en la Casa Blanca, Estados Unidos entrará el primero en algo de lo que hemos oído hablar mucho en los últimos siete años pero todavía no hemos visto: un nuevo siglo.

 

 

 

 

 

 

 



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