.........................................................................................................................................
.........................................................................................................................................
Venezuela: el presidente intratable
Miguel A. Murado
La famosa definición que ofrecían en Love Story sobre el amor cabría aplicarla con mucha más razón a la política, porque ésta sí que consiste en “no tener que decir nunca lo siento”. Chávez no se disculpará por su actitud impresentable durante la Cumbre Iberoamericana, como tampoco el rey reconocerá que le traicionó su mal humor. Ambos metieron la pata, y el orden cronológico, contra lo que se diga en las conversaciones de barra de café, no importa aquí. Pero ambos están ahora condenados a fingir que lo que hicieron estuvo bien y que incluso les honra como estadistas, cuando no es así.
De cara a la galería, los dos han salido reforzados por el agitar de banderas, pero a largo plazo va a ser Chávez el ganador, y no el rey. Chávez vive de esta clase de micro-conflictos personales con otros líderes. Así satisface lo que es la base de su ideología: su ego, un ego insaciable cuya musa es a medias el siniestro Bolívar y a medias Chiquito de la Calzada. Como Idi Amin en su momento, Chávez ha construido un personaje que, por estar al margen de las formas, acaba no siendo juzgado en función de ellas, porque su audiencia no son otros estadistas sino los chavistas y sus simpatizantes en todo el mundo, a quienes no les importa que el presidente venezolano no tenga sentido del Estado ni tampoco sentido del ridículo.
El rey no cuenta con esa ventaja, y por ello debería haber sido más prudente. Tuvo que haber pensado lo fácil que iba a ser caricaturizarle en América, donde el nacionalismo sigue dominando el imaginario colectivo, quizá cada vez más. La imagen de España y sus empresas en América sufrirán por esto, no nos engañemos; aunque también es cierto que el deterioro era inexorable de todas formas.
Ahora es lógico que el gobierno intente quitar hierro al asunto, pero no va a ser fácil. Chávez es intratable por medio de la diplomacia y si ahora decide añadir a Don Juan Carlos a su colección de chascarrillos recurrentes, se va a quedar corta la llamada a consultas del embajador que exige el Partido Popular (el cual, por cierto, nunca hizo tal cosa cuando mandaba). Pensemos que Chávez llamó “borracho” y “asesino” a Bush, lo que no impide que siga siendo su principal socio comercial; a Vicente Fox le llamó “lacayo” y a Tony Blair “miserable” y ellos optaron por ignorar lo que, tomado en serio, habría supuesto la ruptura de relaciones diplomáticas. Y es que a Chávez, como a todos los pesados que hacen chistes, quizá lo mejor sea ni reírle las gracias ni indignarse demasiado por ellas.