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AK-47
Miguel-Anxo Murado
Es uno de los secretos protagonistas de nuestro mundo moderno, y este año está de cumpleaños. Me refiero al fusil de asalto “Kalashnikov”, el AK-47 (esa cifra es precisamente el año de su primera fabricación). Y digo “secreto protagonista” porque si uno lee una Historia del Siglo XX posiblemente no encontrará ninguna referencia a él. Sin embargo, si coges una de esas recopilaciones de fotografías del siglo, aparecerá una y otra vez: en manos de un guerrillero del Vietcom, angoleño o palestino; o posando sonriente (el AK-47, con su característico cargador curvo, parece una sonrisa maligna) en el regazo de un niño de guerra de Uganda; o en manos de un traficante de drogas del Bronx… Me puse a contar las veces que aparecía en una de esas colecciones de foto-reportajes y me salían veintiséis, más que cualquier otro objeto seguramente.
De fácil manejo, y aún más fácil mantenimiento (se puede poner a remojo o enterrar en el desierto y sigue funcionando), era el arma de las guerrillas de Centroamérica y África. Por eso sus apologistas decían que el “Kalashnikov” era “el arma de los pobres”. Y desgraciadamente acabó siendo cierto: los que la usaron se hicieron aún más pobres. Las armas son como varitas mágicas: todo lo que tocan lo transforman en miseria. Mozambique, que se atrevió incluso a ponerlo en su bandera, se convirtió inmediatamente en el país más miserable del mundo.
El AK-47 sobrevivió a su mentor, la URSS, y ahora ya no es ni siquiera el fusil del socialismo sino la herramienta del terrorista suicida, el talibán barbudo y el vendedor de “crack”. Se diría que el AK-47 cambió de ideología, pero en realidad nunca la tuvo, como no la tiene ningún arma. Es un mercenario que sirve a quien lo compra.
Acabo de leer una entrevista con Mikhail Kalashnikov, el hombre que inventó el AK-47. A sus ochenta y tantos años hablaba ya sin entusiasmo alguno de este hijo suyo ya sexagenario que lleva su apellido. Curiosamente, el hombre había estado preso en un campo de concentración bajo Stalin e inventó el arma en parte para comprar su libertad. Nunca se había sentido culpable, dice, de haber inventado una máquina de matar. Y sin embargo, hace poco, algo le hizo cambiar de opinión. Fue cuando vio en televisión las imágenes de la matanza de la escuela de Beslan, en la que el fuego cruzado entre los terroristas chechenos y la policía rusa mató a docenas de niños inocentes. Ese día, el AK-47 estaba en manos de los terroristas y los policías por igual, sonriendo con su sonrisa torcida, como si presumiese cínico de que las armas no tienen alma.