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Le Corbusier en Clichy

Miguel Murado

DÍAS tranquilos en Clichy. Así titulaba Henry Miller su libro sobre la felicidad de vivir en las afueras de París. Claro que aquel Clichy no era este de las noticias de estos días, el Clichy de los disturbios y la violencia. Todo menos tranquilos son los días de Clichy-sous-bois, el banlieu donde los nietos de la inmigración despachan su furia adolescente con los autobuses, las escuelas, los bomberos… Algunos dicen que porque son símbolos del Estado. Quizás la cosa sea menos sofisticada: Como los coches, simplemente, es lo que está más mano.

Como cada vez que hay una catástrofe, los profetas (sociólogos, psicólogos, arquitectos y urbanistas) toman las tribunas. Hay que hacer algo, dicen, por mejorar las condiciones de vida en estos barrios marginales de la periferia de las grandes ciudades. Y tienen razón. Pero el observador fatalista (yo, quizás) no puede evitar recordar que estos barrios terribles fueron ya, en su momento, el resultado de otro intento de mejorar las condiciones de vida en la periferia de las grandes ciudades. Esos banlieuses se crearon precisamente como una respuesta socialmente sensible al problema de la escasez y el precio de la vivienda en la Francia de los años cincuenta, a la que acudían no sólo cientos de miles de inmigrantes africanos, sino también el millón de pied noirs repatriados de Argelia. Fueron la obra, justamente, de los sociólogos, de los psicólogos, los arquitectos y urbanistas de entonces.

Por ejemplo, reinaba por aquella época en arquitectura el reverenciado Le Corbusier, una especie de Mao suizo del urbanismo que creía que el ángulo recto contenía el secreto de la felicidad social. Con la complicidad de los gobiernos, Le Corbusier y sus seguidores llenaron el mundo de pesadillas como Brasilia, un escalofriante desierto urbano que la selva va devorando piadosamente desde hace años. Sin embargo su estilo de casas sobre pilotes de hormigón, de aspecto uniforme, superpobladas de apartamentos y ascensores averiados, proliferó. Se extendió por todo el mundo, desde Kinshasa hasta la Avenida de Ramón Ferreiro en Lugo, como un decorado de obra existencialista.

Como todos los pensadores totalitarios, Le Corbusier soñaba con un mundo inhumano, paranoicamente reglamentado, felizmente impersonal. El resultado es Clichy, un lugar que, independientemente de los disturbios, de repente, descubrimos como el infierno que es, que siempre fue. Quién sabe si justo antes de que nuestros profetas inventen otro nuevo.

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