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Aleación
Miguel-Anxo Murado
EN NUEVA Orleans están construyendo un portaaviones, el USS New York, que va a llevar en su caso incrustados restos del metal que quedó de las Torres Gemelas. Este metal que se fundió a mil grados en la forja del terrorismo internacional y del odio absurdo irá ahora en las entrañas de un barco de guerra, como quien lleva un rencor en el corazón.
Durante estos cinco años se había debatido intensamente en América cómo conmemorar la masacre de Nueva York y Washington. Se pensó en monumentos, jardines, cementerios de piedra y mármol... Pero al fin, la idea es esta: un recuerdo armado que navegará por los océanos del mundo como uno de esos personajes característicos del cine de Hollywood, el del tipo nervioso que va de un lado a otro con una pistola debajo de la chaqueta para vengarse de algo o de alguien. Mientras, en cambio, en el escenario del crimen se empieza a levantar otro rascacielos como un inmenso tótem moderno del olvido. Lástima.
Una vez leí que la cantidad de metal que se extrae de la tierra cada año es relativamente pequeña y que la mayor parte del que vemos es el metal reciclado de toda la Historia, el que siempre estuvo ahí. En la llave de nuestra casa puede haber algo de un cerrojo de la Bastilla y en el cuchillo de pelar la fruta puede haber restos del puñal de un asesino. La rareza del bronce obligaba a que, cuando había guerra, en Europa se fundiesen las campanas de las iglesias para hacer cañones, para volver luego a ser campanas cuando llegaba la paz. Quién sabe si las campanas se acordaban de haber sido cañones y los cañones de haber sido campanas. El ser humano es igual de complejo: una aleación entre sentimientos de piedad y de venganza. Y esto es lo que, por lo visto, va a ser el USS New York, una aleación entre esos dos conceptos, el de la piedad, el de la venganza.
Pero hay algo más. Cuando forjaban espadas, los antiguos maestros espaderos de Toledo iban superponiendo láminas unas sobre otras, uniéndolas por medio del fuego y la violencia, a golpes de martillo. La primera de las láminas, la que iba en medio de todas las otras, se llamaba “alma”, y yo imagino a este navío de guerra con un alma calcinada por el sufrimiento. Pero también por la culpa. Porque no sé si los que propusieron esta idea se habrán parado a pensar que aquella masa informe a la que quedaron reducidas la Torres Gemelas era ya de por sí una aleación del Bien y del Mal donde las víctimas quedaron unidas con sus asesinos. Con este alma inquietante, pues, navegará el USS New York por los océanos del Planeta.