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Armas
Miguel-Anxo Murado
MI ABUELO José María tenía una pistola. Como era médico rural en los años cuarenta temía a los bandidos, y por eso la compró. Muchos años después me contaba que había sido la peor compra de su vida. Cuando por fin un día unos encapuchados le salieron al paso en la Sierra de Meira las manos le temblaban tanto que el arma se le cayó de la mano. Uno de los hombres la recogió del suelo amablemente y se la devolvió. “Dr. Murado” le dijo, “se usted a lastimar”. Eran de la guerrilla y todo lo querían era que fuese a curar a uno de sus heridos. Aquella pistola debe seguir por algún lado entre las cosas de mi abuelo, oxidada; un arma que no llegó a dispararse nunca
Pensaba en esto mientras veía los debates de la CNN americana sobre el derecho a llevar armas, después de la masacre en ese campus de Virginia. Me acordé porque, cada vez que quiero creer que el mundo avanza en algo, pienso en este hecho de que yo no sólo no necesito un arma sino que ni siquiera creo que me convenga tenerla, al contrario que mi abuelo. El gran paso de la civilización europea no fue la Declaración de los Derechos del Hombre, con todo y no estar mal (fue seguido de una de las peores matanzas de la Historia, la Revolución Francesa). No, fue ese día, nunca celebrado, en el que decidimos desarmarnos y concederle al Estado, como representante de la Sociedad, el monopolio de la violencia.No quiere decirse que el Estado haya usado siempre bien ese monopolio, pero el avanze fue gigantesco de todas formas. Tenemos que mejorar nuestra fiscalización de la policía, y la policía su persecución del crimen, y tenemos que aprender a usar con más prudencia la fuerza de los ejércitos, pero unos y otros son un logro de la civilizacion, nos lo parezca o no (“Conocí la utopía de un mundo sin policía” le decía yo en una ocasión a un muchacho ácrata en una discusión, “se llamaba ex Yugoslavia, y no me gustó nada”).
Estados Unidos presenta ese déficit de sentido común, incomprensible. Ni siquiera es cierto, como se repite estos días, que el derechos a poseer armas esté consagrado en la Constitución, que no habla más que del derecho a “tomar las armas” (to bear armas) dentro “de una milicia organizada” (a well regulated militia). Se refiere a lo que ahora se llama Guardia Nacional y forma parte del Ejército. Pero ni siquiera es éste, en mi opinión, el problema, ni tampoco la tragedia del campus de Virginia, que es terrible pero no tan frecuente como parece. El problema es educar constantemente a millones de personas del país más poderoso del mundo en la creencia de que la violencia es un derecho que hay preservar. Hasta mi abuelo, aquella noche en la Sierra de Meira, comprendió que esa es una equivocación.