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Asepsia política
Miguel-Anxo Murado
LO QUE más me interesó de la campaña electoral que acaba de terminar en Estados Unidos fue esto: parece ser que todos los políticos norteamericanos llevan un frasquito en el bolsillo de la chaqueta. No es una petaca de whisky (eso era antes). Es un poderoso antiséptico de la marca Shirel que en su prospecto garantiza la destrucción “del 99,9% de los gérmenes conocidos.” Los políticos lo emplean para desinfectarse la mano derecha una vez termina un mitin en el que tuvieron que estrechar con ella las de cientos de militantes, votantes, simpatizantes, contribuyentes y mitómanos.
Todo el mundo sabe que las manos son el vehículo de la mayor parte de los contagios y un político no puede correr el riesgo de coger un catarro en el tramo final de una campaña o puede ser que sean los gérmenes, y no los votantes, quienes acaben decidiendo su futuro. Por eso entre los políticos ya electos de Washington hace tiempo que se intenta imponer la costumbre de no darse la mano más que entre sí o a industriales, empresarios, contribuyentes importantes, visitantes extranjeros y otros personajes de los que se sospecha que también emplean algún antiséptico poderoso para darles la mano a ellos.
Cuando llega una campaña electoral, sin embargo, no hay remedio: el político tiene que volver a poner su mano a disposición de cualquiera. El votante es el sucesor del peregrino devoto y va al mitin como antes se iba a las romerías: para tocar al santo. Y quizás no se equivoca. La mano derecha del político, el taumaturgo moderno, ya no cura la escrofulosis, como decían que hacía el roce de la mano del rey o del santo, pero tiene poderes transformadores: es la mano que firma leyes y decretos. Desde luego, el votante le atribuye un valor especial a ese contacto, como se puede ver en las imágenes de los actos políticos, donde los asistentes se arremolinan alrededor de esa mano derecha como peces en torno a un pedazo de pan. Y al político, para quien el votante es una especie de mal necesario, un cliente que siempre tiene la razón, no le queda más remedio que extender el brazo y arriesgarse a coger la gripe.
Más tarde, mientras aún flotan en el aire las promesas que hizo en el estrado, como globos de colores, y los asistentes al mitin sale por los torniquetes del estadio o del centro de congresos con la mano en alto, observándola como un objeto sagrado, el político entrará en el cuarto de baño, cerrará por dentro y, lejos de la vista de todos, procederá con rutina a su ritual privado de desinfectarse la mano con su frasquito de antiséptico.