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Autobiografías
Miguel-Anxo Murado
YA DECÍA Winston Churchill que los “enemigos políticos” son los del propio partido. Los del partido contrario, aseguraba el hombre, que de esto sabía un rato, no pasan de simples “rivales”. Y ahí tenemos como ejemplo esta polémica entre Esperanza Aguirre y el alcalde Gallardón, que siempre ha estado ahí como polémica, pero que ahora vuelve a salir a relucir por causa de la biografía de sí misma que acababa de presentar la presidenta de la Comunidad de Madrid.
Como poco, esta aventura literaria de la Aguirre nos permite comprobar cuánto ha cambiado este género de la biografía. Antes, el biógrafo esperaba pacientemente a la mueret de su objeto de estudio, en parte por respeto, y en parte también por estar seguro de tener todos los datos antes de empezar. Incluso cuando ese objeto de estudio era uno mismo, a veces estas autobiografías se dejaban para la publicación póstuma. Así hizo el aventurero Casanova, que no quería perjudicar la reputación de las doscienta setenta y siete mujeres que menciona en sus Mémoires (murió pobre, hoy habría hecho una fortuna paseándose por los platós de televisión); y así hizo también, por ejeplo, Chateaubriand, que incluso llamó a su autobiografía Memorias de ultratumba, porque también prefería no estar presente cuando se publciasen.
Pero ahora la cosa es distinta. Por lo visto, la autobiografía ya no consiste tanto en recordar lo que ha hecho uno como en recordar lo que hicieron mal los demás y, lejos de poner los hombres de los implicados con iniciales y asteriscos, como hacía Casanova, o suyo es que vayan en negrita.
La de la Aguirre empieza ya por ser una autobiografía escrita por otra persona, que es una más de las características modernas del género, y no está tampoco pensada para ser póstuma sino, si acaso, para enterrar a otro (a Gallardón). La biografía de esta mujer no nos cuenta como ha sido sino como es, y, sobre todo, lo que pretende llegar a ser (presidenta del gobierno). He ahí toda una renovación del género. Ahora ya sólo falta que Gallardón le encargue tambén su autobiografía a algún periodista y así sepamos más de Esperanza Aguirre. Porque, por lo visto, la única forma de sinceridad posible en la política es la maledicencia.
Sea, pués. Quién le iba a decir al Partido Popular que, en este año en el que tanto se opuso a la instrumentalización de la memoria colectiva, iba a acabar haciendo tanto uso de la memoria personal, esa memoria colectiva en miniatura que también se conoce a veces con el nombre de soberbia.