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Automovilismo

Miguel Murado

EXISTE una actividad humana consistente en convertir el exceso de velocidad en deporte: se llama automovilismo. El psiquiatra Reich sospechaba que bajo el lanzamiento de jabalina se ocultaba el deseo sublimado de asesinar, y quizás parte del interés del automovilismo para los espectadores esté precisamente ahí: en el disfrute vicario de lo que, en condiciones normales, conllevaría una multa considerable. Eso no es malo.

Cierto que, como todas las actividades extremadamente caras (cada premio equivale más o menos al presupuesto de un par de países africanos), el automovilismo tiene muchos detractores, que piensan, para empezar, que no debería considerarse siquiera un deporte. Desde luego, es uno de los pocos en los que el participante permanece sentado toda su vida deportiva, pero sus partidarios lo defienden llamando la atención sobre la cantidad de deportes que tampoco lo parecen, como el ajedrez o la esgrima, y tienen razón. Más aún, somos muchos los que, sin ser aficionados, nos alegramos de que el automovilismo esté conceptuado como actividad deportiva, precisamente porque es una de las pocas que practicamos con asiduidad.

Dicho esto, reconozco que nunca logré interesarme por otro automovilismo que no fuese ese humildísimo que todos practicamos para desplazarnos. Y, con todo, me siento llamado a escribir hoy sobre Fernando Alonso y participar así en el entusiasmo popular por su triunfo. En eso consiste, después de todo, la fama: en que hablen de ti sobre todo las personas que no saben apenas quién eres.

A Fernando Alonso yo lo conocía únicamente de los anuncios, en los que aparece invariablemente vestido de piloto pero haciendo otra cosa. Nunca lo había visto corre. Ayer vi un programa especial en el que se hacía un repaso de su carrera, pero acabó en lo de siempre con esos programas de la Fórmula I: un montaje vertiginoso de accidentes graves que te dejan con la impresión de que esas ruedas que tanto se anuncia en esos coches, precisamente, agarran mal, y de que el automovilismo profesional parece una representación elitista de un fin de semana cualquiera en las carreteras. Pero acepto que debe ser una impresión errónea.

Me alegro, pues, del triunfo del asturiano en Río. Para él mis mejores deseos, sobre todo el de que no le pase como a Ángel Nieto, que a partir de su sexto o séptimo título ya sólo se hablaba de él cuando perdía o se caía de la moto. La fama también tiene eso.

 

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