Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado
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· Artículos de opinión · Artículos de análisis político · Archivo·
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Café de Beirut

Miguel-Anxo Murado

 CUANDO mataron al primer ministro Rafik Hariri en Beirut se inició una especie de culto nacional a este político-constructor. El Ayuntamiento puso, incrustadas en el asfalto en metal, huellas con la forma de su pie que seguían el recorrido que había hecho ese día fatídico que iba a acabar cuando varias toneladas de explosivos estallaron bajo su caravana oficial.

Siguiendo esos pasos ayer en Beirut fui a aparar al Café de L’Etoile, donde Hariri hizo la última cosa que hizo en este mundo: tomarse un café. Me senté en la misma mesa y pedí yo también un café para contemplar la mañana libanesa: las mujeres elegantes que pasaban hablando por sus móviles, medio en francés medio en árabe, los soldados que hacen guardia en las inmediaciones del Parlamento justo enfrente… Mientras saboreaba el café, a mi alrededor retumbaban los martillos neumáticos, que en Beirut suenan como ametralladoras, porque esta es una ciudad que lleva no construyéndose, sino reconstruyéndose, desde los fenicios. Este lugar, en concreto, esta plaza, fue durante años el punto cero de la guerra civil del Líbano, la Línea Verde donde se intercambiaban disparos las infinitas facciones libanesas. Y, sin embargo, donde había ruina y casquillos de bala se vuelven a alzar hoy majestuosos edificios de estilo tardo-otomano, imitación de los de antes de la guerra. Es un intento de abolir la historia por medio de la arquitectura. Y por un momento uno llega a pensar que ha funcionado y Beirut ha encontrado su paz.

Pero entonces se fija uno mejor y ve ya balazos en las fachadas nuevas, y son balas recientes. En la entrada de todas las calles, los soldados, protegidos por alambradas, te cachean y te piden la documentación por temor a los atentados. Hace unos días aparecieron los cuerpos de dos opositores, torturados y asesinados… De repente, de un Mercedes con los cristales tintados baja un político acompañado por dos guardaespaldas que miran nerviosos a los lados. Comprende uno entonces que la sensación agradable de calma de la mañana es un engaño, en realidad el producto del miedo y de los controles, y que en estas casas tan hermosas y tan bien reconstruidas no vive nadie.


Es un poco como el café de Beirut. Al terminar la taza y llegar a los posos uno percibe un regusto amargo que se le queda en la boca. El camarero trae la cuenta. “Ahlan wa sahlan” (“bienvenido”) dice. Y yo sigo mi camino sobre las huellas de Hariri hasta que terminan. Fue el lugar donde se subió a un coche y se fue hacia la muerte. Y miro en todas direcciones, por ver si veo hacia donde va el propio Líbano.

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