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Bush Rex
Miguel A. Murado
QUE ALEGRÍA la que se debió de llevar ese perro al que Laura Bush invitó el martes a que asistiese con ella al discurso presidencial en su palco del Capitolio. Si vieron las imágenes del acto, seguramente no les habrá pasado desapercibido (Iba a decir que era el único ser irracional que había por allí. Vamos a dejarlo en que era el único perro.)
A mí me parece bien, porque Rex, que es así como se llama el perro, es un excombatiente de la guerra de Iraq, un animal del ejército que resultó herido en junio pasado mientras desactivaba una bomba (o algo así). Y tiene derecho a saber. A saber que hacía él allá en Bagdad. El perro parecía interesado. Bush hablaba y hablaba, y el perro, por lo que se veía en las imágenes, escuchaba muy atento todo lo que su comandante en jefe decía. Casi bebía sus palabras.
Reconoció Bush, literalmente, que “Estados Unidos es adicto al petróleo”, y era como un ex alcohólico que reconoce su adicción al alcohol. Sólo que aquí la solución era tomar aún más. El perro asentía, mientras que en su mente de perro daban vueltas huesos, gritos de “¡Sienta, sienta!”, palos por los que había que ir corriendo… “¡La paz no se retira!” replicaba airado el presidente a los que sugieren que el ejército norteamericano debería retirarse de Iraq. El perro también asentía a esto. Claro, la paz no se retira. Después, Bush la emprendió con los que dicen que en Iraq no había armas de destrucción masiva: “No se puede andar pensando tanto las cosas”; y el perro parecía que hasta quería aplaudir con sus dos patitas vendadas de pastor alemán.
El perro miraba embelesado a Bush. Pero también Bush miraba embelesado al perro. Y no era de extrañar. De las bancadas demócratas le llegaban silbidos, e incluso entre los republicanos hubo algo de incomprensión cuando se refirió a la Seguridad Social. Pero el perro estaba siempre de acuerdo, y Bush acabó, sin darse cuenta, hablando únicamente para él, para Rex.
Antes, el discurso había comenzado con un incidente. Entre los convidados de la oposición estaba Cindy Sheehan, esa madre de un soldado muerto en Iraq que persigue a Bush con una pancarta por todas partes. En el momento en que el presidente empezó a hablar, se puso en pié gritando algo que no se oyó, hasta que la policía se la llevó de la sala. Rex miró para el alboroto sin comprender. En su mente de perro aquello era incomprensible. ¿Por qué protestaba aquella mujer? Cuando se la llevaron de allí, gritando y revolviéndose, Rex debió pensar: “Cómo ladra esa mujer. Parece un perro.”