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Las caricaturas
Miguel A. Murado
EN UNA cosa coinciden todos los que comentan el asunto de las famosas caricaturas de Mahoma, tanto los que las consideran una provocación como los que las ven indispensables. Unos y otros concuerdan en que el lío que se ha armado es monumental. Les viene bien. Para los primeros, eso demuestra que Occidente siempre mete la pata, y para los otros que el Islam es un caso perdido.
Pero nosotros, usted y yo, que no somos ni islamistas ni subscriptores del Jyllands-Posten di Dinamarca; usted y yo, que no creemos ni en el choque de Civilizaciones ni en la Alianza de Civilizaciones porque no para empezar no estamos muy seguros de haya siquiera Civilizaciones, ¿Tenemos que creerlo sin más? No sé… Para un conflicto de dimensiones planetarias no parece tanto. Hay más de mil millones de musulmanes en el Mundo. Pensemos que prácticamente todos ellos han sabido de estas caricaturas y se habrán sentido ofendidos por ellas, unos por la blasfemia en si y otros por la sospecha de prepotencia. Pero la mayoría reaccionaron como lo hacen los cristianos cuando se meten con San Pedro: gruñendo en casa ante el telediario. Sólo unos pocos cientos se manifestaron en algunha capital europea y un par de tarados pusieron burradas en Internet. Pero Internet, ya se sabe, a veces es como la puerta de los váteres de una estación de autobuses.
Que haya que irse a Oriente Medio para encontrar algo de carnaza lo dice todo. Cierto, se quemó una embajada en Siria, un país (laico) que está casi en guerra con Occidente, y otra en Líbano, que anda pensándose si ir a la guerra civil. En cuanto a Gaza, créanme, no está para encarar debates con la serenidad de un ateneo azañista. Y qué decir e Afganistán, donde lo raro es que haya allí, vaya por Dios, una guarnición noruega. Herat no es el Islam como los crucificados de Filipinas no son el Catolicismo, y sería frivolizar quitarle importnacia a lo que la tiene, pero también es frivolizar dársela a los que no tiene tanta, ir tomando de aquí y de allá incidentes separados por miles de kilómetros para pintar el Apocalipsis que no fue.
Lo que quería el diario sensacionalista Jyllands-Posten era demostrar que en Dinamarca la comunidad musulmana (contra la que libra una campaña xenófoba desde hace tiempo) iba a reaccionar violentamente si se publicaba una caricatura del Profeta. Vale: Va perdiendo la apuesta, y eso que llevan pinchando desde septiembre pasado. Por lo de ahora, claro. Porque muy bien podría ser que el debate sobre las caricatura acabe logrando lo que no lograron las caricaturas mismas. Pero entonces ya no sería religión, sino política.