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Clones poderosos
Miguel-Anxo Murado
LA CIENCIA ficción ha dejado en mucha gente temores que aún persisten, incluso cuando no se han conirmado con el paso del tiempo. Se entiende por qué. A los grandes escritores de ciencia ficción les tocó vivir en los años treinta, que fue la década de las dictaduras (menos en España, donde había democracia y la dictatura vino luego. Lo comento porque últimamente hay una cierta confusión en la secuencia de los acontecimientos). Digo, pues, que los escritores de ciencia ficción vivían en los años de las dictaduras y, lógicamente, imaginaron que el futuro iba a ser un mundo aún más totalitario, donde todos vestiríamos igual y estaríamos permanentemente vigilados por lo que Orwell llamaba el “Gran Hermano”. Se equivocoron, incluso en la cuestión de la ropa. En cuanto al “Gran Hermano”, acabó siendo un programa de televisión en el que no son los gobernantes, sinó los gobernados, los que estudian la banalidad de sus vecinos.
Otro temor recurrente de aquellas novelas de anticipación científica era la clonación. La idea era que los poderosos construirían un día un ejército de esclavos obedientes, todos idénticos. Y tampoco esto pasó. De hecho, si uno mira a Polonia, sucedió lo contrario, porque allí son los poderosos los que son clones idénticos: los hermanos Kaczynski. Ahora, uno de ellos acaba e perder el puesto de primer ministro, pero su clon sigue presidiendo el país, por lo que se puede decir que, si bien Polonia a cambiado de partido gobernante, sigue mandando el mismo ADN.
Pero quizás el caso de Polonia tan sólo sea lo más avidente, y si uno se fija, encontrará muchos otros clones entre los poderosos, aunque no se parezcan tanto físicamente. Tony Blair fue un clon de Bill Clinton, y José María Aznar de George Bush (a veces, la clonación no sale bien del todo, y dejemos que cada cual decida cual de los dos es el original). Todos los políticos imitan a otros políticos, copian gestos, frases, ideas, cortes de pelo… Son ellos quienes se parecen cada vez más, mientras que nosotros, los que nos denominamos exageradamente ciudadanos (la palabra significa “civilizados”), somos, por el contrario, cada vez más diferentes y más felizmente individualistas. Se multiplican las asociaciones, los grupos de interés… Por no hablar de las marcas de ropa. Se equivocaron, pues, Orwell, Capek, H.G. Wells, Huxley y tantos otros. El siniestro ejército de esclavos obedientes, clonados por el poder, no existe. Lo que sí existe es un ejército de poderosos clones mandones que, quizás, no sea mucho menos siniestro…