Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado
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Desnudo

Miguel-Anxo Murado

SALE desnuda en la portada de una revista la muchacha aquella que detuvieron en Cancún en su viaje de novios y, casi al mismo tiempo, sale desnuda también en una revista andaluza una concejala del PP. Ninguna de las dos cosas escandaliza, tan sólo provocan en la opinión pública esa eterna constatación pesimistas: la de que todo el mundo tiene un precio. Pero en el fondo es la substitución de un moralismo por otro: ya no se puede mirar mal que alguien se quite la ropa, así que hay que mirar mal que cobre por quitársela. Cuando en realidad quitarse la ropa cobrando tiene una larguísima tradición en el arte.

No fueron los de Interviú quienes inventaron el género de la famosa que sale desnuda. El desnudo femenino siempre fue una declaración de poder femenino. En la Antigüedad, retratarse desnuda era un privilegio de las diosas, y en el Renacimiento y el Barroco tan sólo las amantes de los reyes, las favoritas de los cardenales o las cortesanas millonarias podían permitirse ser pintadas por Tiziano, Boticelli, Velázquez o Goya.

No es que yo compare Interviú con Velázquez, pero esas dos mujeres, la novia accidentada y la concejala de Lepe, sí que son las continuadoras de una larga tradición que se inicia con Simonetta Vespucci (si es que es ella quien aparece en el Nacimiento de Venus), y que pasa por la anónima amante del duque de Urbino, la cortesana Verónica Franco (nada que ver con la familia gallega del mismo nombre) o esa modelo de la Venus del espejo de la que apenas adivinamos el rostro reflejado (es un fallo de Velázquez, fíjense y verán que en esa posición el espejo debería reflejar los pechos).

Las diosas y las cortesanas eran el “famoseo” de entonces, en nada distinto del de hoy en día. La única diferencia es que hoy ya no se precisa la torpe excusa de la mitología para mostrar el cuerpo.

O sí. Porque en el fondo la mitología no ha desaparecido, simplemente se ha renovado el panteón. Muchas veces se me ha ocurrido pensar que nuestros dioses son estos que llamamos “famosos”. Los dioses de los griegos y de los romanos eran así también: caprichosos, exhibicionistas, frívolos… Sus historias eran como los “culebrones” de la tele, y todo su poder no les sería para ser felices nunca. Los humanos les rendían un culto ambiguo: no los amaban, más bien estaban fascinados con ellos, y cuando los artistas los representaban, casi siempre desnudos, la gente no podía evitar quedárseles mirando. Como nosotros.

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