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Eclipse
Miguel Murado
Miguel Murado
UN ECLIPSE es, en principio, todo lo más cerca que estaremos la mayoría del fin del mundo. El sol, piensan los astrofísicos, se apagará algún día, dentro de unos cuantos millones de años, y será algo así. O quizás se apague de noche, entre las dos y las cuatro, como Falstaf en Enrique V, a la hora en que los médicos dicen que mueren los que logran fallecer de viejos, (y el sol es, sin duda, el ser más anciano que conocemos). Desde la desaparición de la URSS parece descarda la guerra, y desde el Calentamiento Global parece descartado el Diluvio. Así que ese apagamiento es la forma más probable entre todas las que puede adoptar el Apocalipsis. Acertaron, pues, los antiguos escandinavos: ellos imaginaban ya la escena final de la larga tragicomedia de la Humanidad así, con un lobo devorando el disco solar.
Aún falta. Pero mientras llega, el sol ya va haciendo pequeños ensayos, pequeñas pruebas de luces como se dice en el teatro, como la de ayer en Pontevedra y Sudán, en sayos a los que los seres humanos asisten desde hace siglos con aprensión. También ahora. Antes era el terror antropológico, ahora el miedo oftálmico, propagado como una superstición, en el sentido de que también es en parte real y en parte exagerada.
Yo me había olvidado. Al despertar había olvidado que el día iba a ser un huevo de dos yemas. Había olvidado el eclipse. Pero en seguida me di cuenta, al asomarme a la ventana y ver que todo el mundo miraba hacia el Este en silencio. Es impresionante contemplar una ciudad, una región, un Estado de las Autonomías entero que dirige su mirada a un punto concreto del Universo. Provistos de gafas especiales, mirando el cielo que se apagaba, parecía celebrarse una prueba nuclear. Y lo cierto es que el eclipse será también, seguramente, lo más cerca que veamos una explosión nuclear. Porque aunque los niños lo pinten siempre sonriendo, el sol es fundamentalmente eso, una constante explosión nuclear, una guerra nuclear gracias a la cual existe toda la vida de la Galaxia, la poquita que hay.
El eclipse llegó y marchó, con esa lentitud de los astros. Pero lo verdaderamente milagroso sucedió después.
Varias horas después, mientras las gafas habían quedado tiradas por todas partes como una extraña plaga de cucarachas, y sin que nadie pareciese darse cuenta, la luz empezó a irse de nuevo, lentamente, esta vez de verdad. Era la noche, el eclipse que hace la tierra sobre sí misma cada veinticuatro horas, presidida por una luna hermosísima. Pero nadie le hizo el menor caso.