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Halloween cañí
Miguel-Anxo Murado
COINCIDIÓ el San Isidro Labrador de Madrid con la campaña electora y pasó lo que tenía que pasar: Los candidatos vestidos de “chulapos” y Esperanza Aguirre disfrazada de “manola”, paseándose por la calle de Alcalá, literalmente, “olorosa a nardo” que diría Juan Ramón Jiménez si viviese aún.
No sé si las elecciones son un elemento democratizador, pero lo que sí está claro que es democratizador son las campañas electorales. Así, esta semana, en Madrid, economistas aclimatados al aire acondicionado de las salas de juntas de los bancos (Miguel Sebastián) se veían forzados a calarse la gorra de obrero madrileño inclinada “a lo chulo” y aristócratas del dinero y el apellido (Esperanza Aguirre) han tenido que lucir pañoleta, como si se tratase de modistillas del 1890... La campaña obliga a todo candidato a fingir que pertenece a esa masa que llamamos “el pueblo”, y que se caracteriza porque todos queremos salir de ella cuando antes para vivir algo mejor. El político ecologista tiene que aparcar su dieta de tomate ecológico para meterse unos churros, el ateo confeso no tiene otra que besar el santo en romería y el neoliberal se marca un chotis de mala gana con una señora gorda con hipoteca gorda. Es una interesante cura de humildad, una ordalía de ridículo, el festival gratificante de la vergüenza ajena.
Es así como veo yo las campañas electorales: como una venganza de los gobernados en los gobernantes. “Mandarás durante cuatro años”, parece que les dicen los primeros a los segundos, “pero antes tendrás que darme coba unas semanas y pasar por alguna que otra humillación”. Y no digo, claro está, que haya nada de humillante en el organillo, en la verbena de la Paloma o en esa inmemorial, milenaria cultura popular madrileña, basada, extrañamente, en un concepto poco apreciado en otros pagos (la “chulería). No, no hay nada de vergonzoso en el chotis ni en la flor en el pelo siempre y cuando sean auto inflingidos. Pero el candidato es un actor involuntario, un espontáneo al que nada le sale espontáneo, y todo lo hace por ese único afán de gustar a toda costa.
Luego llegan las elecciones y se acaba el carnaval democrático de la campaña. Unos ganan, otros pierden… Y en el fondo del armario, en una atmósfera de alcanfor, se quedan la gorra de chulapo, el mantón de Manila, la peineta y el organillo, durmiendo ese sueño de cuatro años que llamamos gobernar. Hasta que vuelva a comenzar otro Halloween cañí, castizo y espeluznante.