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Hilo del tiempo
Miguel A. Murado
LOS ANTIGUOS imaginaban el paso del Tiempo como un hilo que corre en una rueca, veloz, loco, incontrolable. Así está representado en el cuadro de Velázquez, por ejemplo, y en eso pienso cada vez que lo veo en El Padro de Madrid: en el paso del tiempo.
También hoy. Todos los años por estas fechas, si tengo donde escribir, me siento invitado a escribir un artículo sobre el Tiempo. El tiempo que pasa, el tiempo que transcurre. Después de todo, Fin de Año es la fiesta secreta del Tiempo, un dios que tiene día en los calendarios de todas las religiones, un dios riguroso, lento y callado, al que todos rendimos culto con una serie de rituales inventados por nosotros: el platillo de uvas, las campanadas, la borrachera, el chocolate con churros. Es un dios que se expresa por medio de la lengua sagrada de los números y que se presenta cada año para dar y quitar al mismo tiempo.
Todos, cada vez que nos acercamos a estas fechas, volvemos a contraer la enfermedad del Tiempo. En los escaparates de las papelerías aparecen las nuevas agendas, en los periódicos se inicia el escrutinio de lo que ocurrió y en la televisión se suceden las imágenes del año que ya pasó. Las estoy viendo esta tarde en un canal de televisión: de nuevo terremotos, explosiones, gritos, declaraciones de hombres poderosos, celebraciones multitudinarias, obituarios y natalicios… Lo bueno y lo malo aparecen mezclados y confundidos, como en la propia alma humana, que no es sino un complicado equilibrio entre lo que se quiere y lo que no se quiere: La víctima de un accidente que se desespera va seguida del grupo de amigos que celebran el premio de la lotería en un bar, las imágenes de la sequía en una tierra cuarteada como la piel de un elefante siguen las de una ciudad devorada por el mar, a las de una nave espacial que despega suceden las de un misil que desciende sobre la tierra. Así es la vida, como el emblema del teatro: una cara que ríe y otra que llora.
El hilo del tiempo. Me viene a la memoria un cuento popular lituano (hay que leer de todo). Un personaje explicaba a otro en qué consiste la vida. Nacemos atados a un hilo invisible, damos vueltas, vamos de aquí a allá y el hilo se va enredando en muchos lugares y personas. Hasta que un día el hilo se rompe. Pero incluso cuando se rompe, decía la historia, uno puede tirar del hilo, con un levísimo golpe, y poner en orden toda su vida. Y puede, como Teseo en el laberinto o como un pescador de caña, ir atrayendo hacia sí todo lo que vivió, todo lo que amó, todo lo que fue.