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Hitler en Colombia
Miguel Murado
HAY QUE reconocerlo, el nombre del nuevo asesor que acaba de nombrar el presidente de Colombia resulta un poco problemático. Este nuevo asesor de Álvaro Uribe se llama Hitler Rousseau. Hitler Rousseau Chaverra Olalle, para ser exactos, y el asunto está creando bastante escándalo en Colombia, país donde los nombres extraños no son precisamente desconocidos (hace tres años, el parlamento intentó pasar una ley que prohibía ponerles a los neonatos nombres de marcas de electrodomésticos. No lo logró).
Hitler Rousseau es un abogado de 33 años y, ante las protestas, pide que “no se politice el asunto”. Asegura Hitler que su padre le puso el nombre inocentemente, sin pensar en lo que significaba, y que ya le puso también “Rousseau” para compensar (quizás no sabe que Rousseau, que abandonó a sus cinco hijos a una muerte segura en un orfanato, no era precisamente un modelo de virtudes). Hitler Rousseau jura, en fin, que él no es nazi ni racista (es de raza negra). Dice que es un gestor eficaz y que hará su trabajo con toda dedicación.
Bien. El problema es que ese trabajo es precisamente el de encargarse de la juventud, y en los periódicos ya se empieza a hablar de las “juventudes hitlerianas” de Colombia. Pero el tocayo del, vamos a llamarle, estadista germano, no quiere ni oír hablar de cambiar de nombre. Dice que desde niño ha venido enfrentándose a los comentarios de la gente, y que los nombres no tienen importancia. “What’s in a name?” se preguntaba también Shakespeare en Romeo y Julieta, lo que en la versión gallega que publicaba hace poco La Voz de Galicia traduce Miguel Pérez Romero como “¿Que é un nome? O que chamamos rosa, con outro nome tería o mesmo recendo”.
Cierto, igual que Jesús Franco, o Antonio Franco, o Ricardo Franco o Franco Battiato en nada comparten manera de ser con Franco Baamonde, Hitler por cualquier otro nombre hubiese sido igual de nefasto. Curiosamente, a él le obsesionaban las bromas con su nombre y el Reichstag llegó a promulgar una ley que prohibía llamar “Hitler” o incluso “Adolf” a perros y burros, una costumbre que se estaba extendiendo, por lo visto. Así que, por mucho que moleste a sus víctimas, es al propio Hitler a quien más hubiese molestado esta coincidencia de nombres.
Pero el mejor comentario sobre este asunto se lo escuché a un hombre que leía en un bar la noticia del periódico. Se quedó pensativo y dijo, conciliador: “Aún si por lo menos llevase Hitler de segundo...”