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Invasores
Miguel Murado
LES VOY a destripar el final de la última película de Spielberg. En esa Guerra de los Mundos que se estrena estos días, gana el nuestro. Ya está. Ya lo saben. Aunque muy probablemente ya lo supiesen, porque conocerán la novela futurista de H.G. Wells en la que el film de Spielberg está más o menos basado (concretamente, se tomó el título y poco más). También conocerán las diversas versiones televisivas y cinematográficas que se hicieron sobre el libro, y quizás incluso la versión radiofónica que llevó a Orson Welles a la celebridad, cuando supuestamente provocó el pánico al hacer creer a los americanos que la invasión extraterrestre estaba sucediendo de verdad (en realidad es un mito: fue Welles quien exageró el impacto de su programa justamente para conseguir esa celebridad. El total de telegramas de protesta que recibió la emisora fue de diez).
La novela de Wells fue innovadora no tanto en el campo de la literatura como en el del periodismo: inventó una nueva forma de sensacionalismo, un miedo. Y cada versión de la historia actualiza ese miedo. Wells pensaba sobre todo en el imperialismo de Alemania, que acababa de unificarse. En la primera versión cinematográfica del 1953 que dirigió Byron Haskin, en cambio, los marcianos venían del Planeta Rojo en más de un sentido: eran claramente comunistas y disponían de una bomba atómica. Era la obsesión del momento, porque cuatro años antes la URSS había realizado su primera prueba nuclear en el Kazajstán. Al mismo tiempo, todavía seguían presentes en el subconsciente colectivo los fantasmas inmediatos (las escenas de destrucción eran material sobrante de la Segunda Guerra Mundial). Curiosamente, Wells había escrito su libro como una sátira sobre la lucha de clases (era socialista), pero su disquisición política fue sustituida en el film por un mensaje religioso.
Poco más de cincuenta años después no hay ya Unión Soviética. Por no haber no hay ni siquiera marcianos y los únicos seres extraterrestres que existen con seguridad somos nosotros, es decir: los astronautas que mandamos al espacio exterior. Pero seguimos sin embargo temiendo ser destruidos por una civilización superior. Esa civilización no existe, y en el fondo no es más que un reflejo deformado e imaginario de la nuestra. Nos tememos a nosotros mismos, en definitiva. Decía yo que al final, en la Guerra de los Mundos, el mundo que gana es el nuestro. Pero en realidad también es el que pierde, porque nosotros somos nuestros propios invasores y nuestras propias víctimas.