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In vino veritas
Miguel-Anxo Murado
ÚLTIMAMENTE, la vida política parece protagonizarla el alcohol. Aparte de las leyes que proyectan la UE y la ministra Salgado, pasó lo de aquel discurso de José María Aznar en el que muchos pensaron que estaba borracho. Y ahora está ese reciente caso del presidente francés, que revolvió malamente la lengua al hablar durante una rueda de prensa. Que viniera de reunirse con el premier ruso, el heredero de aquel alcohólico purpurado que era Boris Yeltsin, no hizo sino acrecentar la sospecha de que Sarkozy le había estado dando al frasco.
In vino veritas decían los antiguos: “en el vino está la verdad”. Se referían a que el borracho nunca miente. Por otra parte, la de mentir es, precisamente, la acusación que con más frecuencia se levanta contra los políticos (quienes les acusan son los votantes, que mienten luego en las encuestas y en las declaraciones de la renta). Así que, y considerando ambas cosas, el político que bebe debería ser más de fiar que el que nobebe, y esos discursos de Aznar, Sarkozy y Yeltsin en los que hablan ayudados (presumiblemente) por el Ribera del Duelo, el Borgoña y el vodka deberían tenerse por los únicos sinceros de cuantos pronuncian.
De hecho, hay algo democrático en el alcohol. Ninguno de los cuatro grandes dictadores del siglo al que acabamos de sobrevivir (el XX) bebía. Hitler era abstemio (y vegetariano estricto, como Gandhi). Tampoco Franco ni Mussolini bebían apenas, y Stalin odiaba el vodka, contra la creencia popular, que se resistía a la idea de que algún vicio le fuese ajeno; como mucho se servía un sorbo de vino del Cáucaso, y esto por nostalgia (Stalin no era ruso sino georgiano).
Pero yo pienso que los antiguos se equivocaban. No es cierto que cuando uno esté borracho no mienta, sino más bien que no sabe lo que dice, que no es lo mismo. Vi esa grabación de José María Aznar en la que supuestamente decía incoherencias y sinceramente no noté nada de diferente (en el fondo, supongo que es peor). Si acaso me pareció menos envarados y algo así como feliz, lo que me sorprendió en un hombre tan invernal. Tampoco me pareció concluyente el vídeo de Sarkozy tartamudeando ante los periodistas. Se le escapaba la risa tonta y no decía nada lógico, sí; pero a mí me pareció más bien como si se estuviese tomando un descanso de ese oficio consistente en fingir que es ser presidente. Y pensé que no es, como creían los romanos, que el vino haga decir la verdad. Es la verdad la que, en un hombre que no está habituado a ella, se parece mucho a una borrachera alegre.