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La Dama
Miguel A. Murado
Los ilicitanos se ponen furiosos cuando les dices que la Dama de Elche es una falsificación del XIX. Y no hay para tanto, porque eso es justamente lo que tiene de interesante. Que una obra de arte llegue a los museos no es un mérito. Mérito el de ese solitario escultor catalán (una teoría apunta al taller Pallàs i Puig) que consiguió labrar una pieza no sólo muy hermosa sino también muy antigua, lo que es más difícil todavía.
Ahora la Dama regresa a Elche para una exposición de seis meses, que es como se volviese a su pueblo de vacaciones, y el asunto da para el género de la fotografía política (Carmen Calvo, que no va a estar en Elche, consiguió que convirtiésemos en noticia el embalaje!). Pero sigue vigente el tabú. Nadie menciona siquiera la polémica que siempre ha rodeado a la pieza. Y esto no está bien, porque fue precisamente esa polémica lo que la hizo famosa. Como en el caso de la Dama de las Camelias, su contemporánea, era justo esa reputación dudosa la que excitaba a los hombres y a los arqueólogos. Las extrañas circunstancias de su descubrimiento, cuando pasaba por allí el gran especialista de la época en arte íbero, M. Paris, el sospechoso buen estado de conservación, la falta de oxidación, la estética claramente moderna... Las dudas eran muchas, y las han expuesto con detalle Nicolini, Ramírez Domínguez y Moffit (El caso de la Dama de Elche. Crónica de una leyenda, 1995), pero no importó: la pieza era hermosa, y única. Y esto bastó para que, igual que Margarita Gautier, la ilicitana de piedra viviese la efímera fama de París, en un rincón del Louvre donde los connoisseurs iba a verla para opinar.
Seguramente hubiese caído en el olvido de no ser por la Guerra. Franco necesitaba desesperadamente Historia para engañar el hambre de los españoles, y la Dama volvió en 1941, brazo en alto (Franco se la cambió a Petain por otros cromos). A partir de entonces, la Dama fue el equivalente pre-indoeuropeo de Raquel Meyer: el símbolo de la raza que pregonaba la idea de España desde las cajas de cerillas, los sellos y los billetes de peseta. Hasta que en los años setenta apareció una rival, la Dama de Baza, ésta sí que en una excavación seria.Y los arqueólogos tosieron nerviosamente porque no se parecía en nada. Fue como cuando a una floclórica le sale otra más joven y más guapa, sólo que aquí era más fea y más vieja, y ese era el problema. Desde entonces, la de Elche llevaba una vida discreta en el Museo Arqueológico Nacional. Me gustó verla estos días. Me produce la ternura de las viejas actrices retirada.